El viaje del alma

En el capítulo anterior, examinamos varias concepciones sobre lo que podría esperarnos más allá de la muerte. Entre ellas, destaca una por su longevidad, universalidad y poder explicativo: la idea de que la vida continúa no en un lugar de descanso final, sino a través de un ciclo de renacimiento. Esta visión, comúnmente conocida como reencarnación, retrata la muerte no como un final, sino como un punto de inflexión en el viaje continuo del alma. Vista bajo esta luz, la reencarnación ofrece un marco convincente para comprender nuestro sufrimiento, deseos y destino. La palabra «reencarnar» proviene del laơn re (de nuevo) e incarnare (entrar en la carne), y significa literalmente «volver a entrar en un cuerpo de carne y hueso». Es distinta de la idea de resurrección, que se refiere a la reanimación del mismo cuerpo que una vez fue sepultado. Este libro propone que la reencarnación opera de acuerdo con leyes sutiles y cognoscibles, más parecidas a una ciencia metaİsica que a una creencia inverificable. Si la transmigración del alma es real —si hemos vivido antes y viviremos de nuevo después de la muerte— , entonces debe ser universalmente verdadera, aplicable a todos los seres independientemente del tiempo, la cultura o la creencia personal. Por el contrario, si no es verdadera, no puede serlo para nadie, ni siquiera para aquellos que creen en ella. Este capítulo investiga sistemáticamente las leyes sutiles de la reencarnación y sus implicaciones para nuestras vidas. Exploraremos preguntas como: • ¿Qué sucede exactamente en el momento de la muerte? • ¿Por qué no recordamos nuestras vidas pasadas? • ¿De qué manera determinan nuestras acciones, pensamientos y deseos nuestro próximo nacimiento? • ¿Pueden los animales reencarnar como humanos, y pueden los humanos renacer en formas animales o incluso vegetales? • ¿Qué es el karma y cómo rige este ciclo? • ¿Es posible, y deseable, escapar del ciclo de repetidos nacimientos y muertes? Si es así, ¿cómo?

• ¿Qué le espera al alma después de la liberación? ¿Adónde va y qué hace?

Los Vedas: fuentes de sabiduría

Las fuentes más completas sobre la reencarnación son los Vedas, las escrituras sagradas de la India. Con una antigüedad aproximada de 5.000 años, son considerados los textos religiosos más antiguos de la historia humana. La palabra veda proviene del sánscrito y significa «conocimiento». Los Vedas abarcan sabiduría en una vasta gama de campos, incluyendo Āyurveda (medicina), Jyotir-veda (astronomía y astrología), Sthāpatya-veda (arquitectura e ingeniería), Gāndharvaveda (música y arte), y Dhanur-veda (disciplinas marciales). Debido a la complejidad del sánscrito, estas escrituras permanecieron en gran parte inaccesibles para el mundo occidental durante siglos. Las primeras traducciones importantes aparecieron en el siglo XIX, cuando el indólogo alemán Max Müller (1823-1900) emprendió la tarea de traducir textos védicos clave al inglés y al alemán. En tiempos más recientes, Śrīla A. C. Bhaktivedanta Swami Prabhupāda (1896-1977), Fundador-Ācārya de la Asociación Internacional para la Conciencia de Krisna, tradujo más de setenta volúmenes de estos antiguos textos al inglés. Sus traducciones y comentarios, ahora disponibles en las principales lenguas del mundo, son reconocidos como obras de referencia estándar en muchas de las universidades del mundo y son ampliamente utilizados en cursos académicos sobre filosoİa y religión india. Entre el vasto corpus védico, los textos más renombrados son la Bhagavad-gītā (lit. «La canción de Dios») y el Śrīmad-Bhāgavatam (lit. «La bella historia de la Persona Suprema»). La Gītā forma parte de la monumental epopeya Mahābhārata, considerada la obra literaria más larga de la historia mundial, con más de 100.000 versos. Aunque la Bhagavad-gītā consta de solo 700 versos, es la más célebre de las escrituras védicas, ya que destila la esencia de todos los aspectos fundamentales de la sabiduría védica. Presentado como un diálogo entre Kṛṣṇa, la Persona Suprema, y Arjuna, Su amigo y discípulo, aborda temas centrales como la naturaleza del alma, el Alma Suprema, el tiempo, el karma, la muerte y la reencarnación. Por esta razón, a menudo recurriremos a este texto para explicar el proceso de la transmigración del alma y otros temas relacionados.

El misterio de la vida

La ciencia moderna define la vida como «un organismo vivo compuesto por una o más células que crecen, se desarrollan, se reproducen, responden a esơmulos y poseen un metabolismo». Pero ¿qué anima a la célula a crecer y desarrollarse? Las células muertas, por ejemplo, ya no crecen ni se reproducen. ¿Qué les falta? Si la vida es meramente una reacción química compleja, entonces ¿por qué no podemos suministrar los ingredientes que faltan a una célula muerta para restaurar su vida? En 1966, el biólogo molecular inglés y premio Nobel Francis Crick, quien codescubrió la estructura de doble hélice del ADN en 1953, proclamó que la ciencia pronto sería capaz de generar sintéticamente un organismo vivo combinando aminoácidos. Sin embargo, a pesar de los continuos intentos, la tecnología altamente avanzada y los presupuestos multimillonarios, nadie ha podido producir vida en el laboratorio, ni entonces ni hoy. De hecho, Śrīla Prabhupāda desafió a la comunidad cienơfica en 1973, diciendo que nunca serían capaces de producir vida. Afirmó: «Ni siquiera les pido que generen un ser humano, sino solo que produzcan algo tan simple como una hormiga o una brizna de hierba. Pero eso no es posible, porque la vida no proviene de la materia, la vida proviene de la vida». La Bhagavad-gītā explica que los organismos vivos muestran síntomas de vida porque están animados por la fuerza vital, que es, por constitución, una parơcula de energía inmaterial. En sánscrito, 2 – El viaje del alma esta parơcula se denomina ātmā o jīva, idéntica a lo que se entiende en Occidente como el alma. Aunque el jīva se encuentra en un cuerpo material, es extremadamente sutil. Es una sustancia espiritual, infinitesimal y más allá de la percepción de nuestros sentidos. La Śvetāśvatara Upaniṣad (5.9) da una pista sobre el tamaño del alma: bālāgra-śata-bhāgasya śatadhā kalpitasya ca bhāgo jīvaḥ sa vijñeyaḥ sa cānantyāya kalpate «Cuando la punta superior de un cabello se divide en cien partes y, de nuevo, cada una de esas partes se divide en otras cien partes, cada una de esas partes es la medida de la dimensión del alma espiritual.» Al ser de una naturaleza diferente, la chispa espiritual que anima el cuerpo material no puede detectarse ni siquiera con el microscopio más potente, ni es imaginable mediante conjeturas mentales. De hecho, la propia ciencia admite que la vida elude la investigación cienơfica y sigue siendo un misterio. El mencionado Francis Crick reconoció esta perplejidad en 1981 en su libro La vida misma: «Lo que hemos descubierto es que, incluso a este nivel tan fundamental de las proteínas, existen estructuras complejas. De estas, hay muchas reproducciones idénticas, lo que significa que poseen una complejidad organizada y no podrían haberse formado por puro azar. Desde este punto de vista, la vida es una ocurrencia infinitamente rara; sin embargo, prolifera a nuestro alrededor. ¿Cómo pueden cosas tan raras ser comunes?» Así como la luz es el síntoma del Sol, la conciencia es el síntoma del alma. Puede que no veamos el Sol porque las nubes ocultan nuestra vista, pero la luz del día nos permite comprender que el Sol está en el firmamento, iluminando todo a través de sus rayos. De manera similar, aunque no tenemos la capacidad de ver el alma espiritual con nuestros ojos materiales, podemos deducir su presencia a partir de la presencia de la conciencia. Debido a que el alma pertenece a la dimensión inmaterial, sus cualidades y características no pueden observarse ni siquiera a través de la tecnología material más avanzada. El İsico danés y premio Nobel Niels Bohr (1885-1962) reconoció: «Debemos admitir que no podemos encontrar nada en la física o la química que tenga siquiera una relación remota con la conciencia. Sin embargo, sabemos que la conciencia existe, porque el simple hecho es que nosotros mismos la poseemos. En consecuencia, la conciencia debe ser parte de la naturaleza, o más bien, una parte de la realidad. Pero eso significa que debemos suponer que, aparte de las leyes físicas y químicas explicadas por la teoría cuántica, existen otras leyes de una naturaleza completamente diferente.»

El cuerpo burdo y el cuerpo sutil

El alma espiritual desarrolla cuerpos materiales que corresponden a su nivel de conciencia, el cual, a su vez, evoluciona y cambia a través de la interacción del alma con el cuerpo y su entorno. El cuerpo material se compone de dos partes principales: el cuerpo burdo y el cuerpo sutil. Kṛṣṇa explica en la Bhagavad-gītā (7.4) que la naturaleza material comprende ocho elementos básicos —cinco burdos y tres sutiles— que proporcionan los ingredientes para la formación de los dos

cuerpos:
1. tierra
2. agua
3. fuego
4. aire
5. éter

6. mente 7. inteligencia 8. ego falso En la terminología cienơfica moderna, los cinco elementos burdos corresponden a todas las formas de materia sólida (tierra), líquidos (agua), energía radiante (fuego), gases (aire) y espacio omnipresente (éter). Todos los fenómenos que percibimos en este mundo consisten en una combinación de estos cinco elementos primarios. Nuestros ojos ven formas, nuestros oídos perciben sonidos, nuestra nariz huele olores, nuestra lengua saborea sabores y nuestra piel percibe texturas. Así pues, nosotros, los jīvas, interactuamos con el mundo externo a través de los sentidos del cuerpo burdo. Los tres elementos sutiles, mente, inteligencia y ego, no pueden ser vistos, oídos, olidos, saboreados ni tocados. Sin embargo, sabemos que existen porque sus síntomas son perceptibles. La presencia de la mente es evidente a través de sus facultades de pensar, sentir y querer. La inteligencia se manifiesta como la facultad de discriminación, y el ego se revela a través del sentido de identidad que cada uno de nosotros posee. Dado que esta identidad a menudo está ligada al cuerpo material temporal, este sentido del ego se denomina ahankara, o falso ego, en sánscrito, ya que nuestra verdadera identidad es de naturaleza espiritual. Profundizaremos en este tema más adelante.

La chispa espiritual

Ahora, examinemos las características del alma espiritual. Después de enumerar los ocho elementos materiales y clasificarlos como apara-prakṛti, energía inferior, Kṛṣṇa explica en el verso siguiente (Bg. 7.5): «Aparte de esta energía inferior, existe otra energía superior, parā-prakṛti, las entidades vivientes que utilizan los recursos del universo.»

El alma espiritual es superior a la materia y posee el poder de manipularla y utilizarla para satisfacer sus deseos. La interacción del jīva con sus cuerpos burdo y sutil resulta en una red de reacciones extremadamente compleja, que se extiende más allá del alcance de la İsica, la química y la biología nuclear. Esta es precisamente la razón por la que a la ciencia le resulta tan diİcil definir la diferencia exacta entre un cuerpo vivo y uno muerto. Claramente falta algo, pero su naturaleza precisa sigue siendo desconocida. La Bhagavad-gītā define la diferencia entre un cuerpo vivo y uno muerto por la presencia o ausencia del alma. Tan pronto como el jīva parte del cuerpo, este se considera «muerto». Las características del jīva se explican en detalle en el Segundo Capítulo de la Bhagavad-gītā (Versos 20, 23-24): «Para el alma no hay nacimiento ni muerte en ningún momento. Nunca ha llegado a ser, no llega a ser ni llegará a ser. Es innaciente, eterna, siempre existente y primigenia. No perece cuando el cuerpo es aniquilado. «El alma nunca puede ser cortada en pedazos por arma alguna, ni quemada por el fuego, ni humedecida por el agua, ni marchitada por el viento. «Esta alma individual es irrompible e insoluble, y no puede ser quemada ni secada. Es eterna, está presente en todas partes, es inmutable, inamovible y siempre la misma.» La pregunta podría surgir: si el alma es eternamente la misma, ¿cómo aparecen las diferentes especies de vida? La Bhagavad-gītā (13.22) explica que esto se debe al contacto del alma con las cualidades o modos materiales, los guṇas: kāraṇaṁ guṇa-saṅgo 'sya sad-asadyoni-janmasu. La traducción establece: «Debido a su contacto con la naturaleza material, la entidad viviente encuentra el bien y el mal en las diferentes especies.»

Las tres modalidades (guṇas)

Según las ciencias naturales védicas, la variedad de especies surge de la combinación y gradación de tres modalidades fundamentales de la energía material: 1. sattva-guṇa (bondad) 2. raja-guṇa (pasión) 3. tama-guṇa (ignorancia) Los tres guṇas se pueden comparar con los tres colores primarios, amarillo, rojo y azul, que forman la base para una vasta variedad de tonalidades. Si mezclamos los tres colores primarios, obtenemos seis colores secundarios, luego seis terciarios, y así sucesivamente. De manera similar, las tres modalidades de la naturaleza pueden formar numerosas combinaciones, dando origen a cuerpos y mentalidades que se alinean con cada tipo de conciencia imaginable. Los descubrimientos cienơficos relacionados con la estructura del ADN apoyan esta visión, ya que se ha demostrado que cada ADN es único, permitiendo la identificación individual a través del análisis de ADN. Los diversos cuerpos de las entidades vivientes pueden compararse con diferentes tipos de vehículos o casas, cada uno distinto en tamaño, forma y color. El alma, como habitante de cada cuerpo, está condicionada por las tres guṇas que, en gran medida, determinan su libertad de movimiento y acción, su potencial de disfrute y su capacidad para manipular el entorno. Un árbol, por ejemplo, es inmóvil; una tortuga se mueve muy lentamente, mientras que un caballo puede correr y saltar. Existe una inmensa variedad de seres vivos, cada uno con peculiaridades y diferencias únicas moldeadas por las tres guṇas. Aunque la modalidad de la ignorancia predomina en plantas y animales, existen gradaciones incluso dentro de estas especies. Entre los animales, el burro ơpicamente encarna la ignorancia, el tigre y otros depredadores simbolizan la pasión, mientras que la vaca y la abeja, que solo trabajan para el beneficio de otros, ejemplifican la bondad. Incluso dentro de una misma especie encontramos tales diferencias. Entre las aves, el cisne simboliza la bondad, el águila la pasión y el cuervo la ignorancia. Aunque existe una similitud biológica entre los representantes de una misma especie, la conciencia y las acciones de los distintos seres manifiestan expresiones particulares como resultado de la influencia de las modalidades de la naturaleza. Los seres humanos no son una excepción. Las personas influenciadas principalmente por la bondad muestran cualidades como la compasión, la honestidad, la caridad y la lealtad. Aquellos que actúan principalmente bajo la pasión están dominados por el egoísmo, la envidia, la codicia, la lujuria, el deseo de poder y la búsqueda de fama. En otros, cuya vida está dominada por la ignorancia, la inercia, la necedad y los estados frecuentes de intoxicación son prominentes. Así pues, existe una gran variedad de cuerpos materiales, donde la entidad viviente puede tomar asiento para desempeñar su papel de acuerdo con las tres guṇas que influyen en su conciencia. Las tres guṇas también se comparan con tres tipos de cuerdas que atan el alma a la existencia material. A medida que la conciencia permanece absorta en sus cualidades, el alma es arrastrada de un cuerpo material a otro. El proceso de bhakti-yoga, que explicaremos en el último capítulo, tiene como objetivo poner fin a esta miserable situación, superar las tres guṇas y conectar la conciencia con la Trascendencia. Kṛṣṇa dice en la Bhagavad-gītā (14.26): māṁ ca yo ’vyabhicāreṇa bhakti-yogena sevate sa guṇān samatītyaitān brahma-bhūyāya kalpate «Aquel que se dedica por completo al bhakti-yoga [servicio devocional], firme en todas las circunstancias, transciende de inmediato las modalidades de la naturaleza y llega así al plano del Brahman [la Trascendencia].»

Más adelante hablaremos en profundidad del plano trascendental, la Trascendencia y sus diferentes aspectos.

El cambio de cuerpo en la vida presente

Si observamos nuestra propia existencia, nos damos cuenta de que nuestro cuerpo ha cambiado de muchas maneras desde el nacimiento. Aun así, nos sentimos como la misma persona. Recordamos nuestra juventud y nos reconocemos en fotos, aunque nuestro cuerpo sea ahora diferente, nuestra mentalidad haya cambiado y nuestros sentimientos no sean los mismos. Esta transmigración del alma a través de un solo cuerpo durante una sola vida podría describirse como «reencarnación interna». Basándose en esta experiencia humana universal, la Bhagavad-gītā (2.13) ofrece una analogía clave para explicar la reencarnación: «Así como en el cuerpo presente el alma encarnada pasa de la niñez a la juventud y luego a la vejez, de la misma manera el alma pasa a otro cuerpo en el momento de la muerte.»

El cambio de cuerpo en el momento de la muerte

Con esta analogía, Kṛṣṇa establece el fundamento del conocimiento espiritual. La primera lección consiste en entender la diferencia entre materia y espíritu. «Ahaṁ brahmāsmi», 'Yo soy alma espiritual', es la realización primordial y esencial para un trascendentalista. Kṛṣṇa también responde a la pregunta: «¿Qué determina la vida futura de una persona y de qué depende el tipo de cuerpo que uno recibe después de la muerte?». En el Capítulo Ocho, Verso 6, dice: «Cualquier estado de existencia que una persona recuerde al abandonar el cuerpo, ese estado alcanzará sin falta». Y más tarde (Bg. 15.8): «La entidad viviente en el mundo material lleva de un cuerpo a otro sus diferentes concepciones de vida, tal como el aire transporta los aromas. Así pues, adopta un tipo de cuerpo y nuevamente lo abandona para adoptar otro». Las escrituras védicas proporcionan una explicación metaİsica de la continuidad de la vida más allá de la muerte, pero quizás nos preguntemos si existen indicios en la experiencia contemporánea que respalden esta visión. Existe un cuerpo de evidencia convincente proveniente del creciente número de experiencias cercanas a la muerte bien documentadas.

Vislumbres más allá de la muerte

Mientras que textos espirituales tradicionales como la Bhagavad-gītā hablan con autoridad sobre la existencia del alma más allá del cuerpo, la investigación moderna sobre las experiencias cercanas a la muerte (ECM) ofrece un apoyo intrigante desde otro ángulo. Las ECM ocurren cuando los individuos están clínicamente muertos o en un estado de parálisis fisiológica extrema, pero reportan experiencias vívidas y estructuradas durante ese tiempo, a menudo incluyendo percepción fuera del cuerpo, encuentros con luz o seres, revisiones panorámicas de la vida y una profunda sensación de paz o propósito. En muchos casos bien documentados, los pacientes han descrito eventos y conversaciones que ocurrieron en la sala de operaciones o en otro lugar mientras su actividad cerebral estaba en línea plana y no respondían médicamente. Estos relatos han sido cuidadosamente estudiados por investigadores como el Dr. Raymond Moody, el Dr. Bruce Greyson y el Dr. Pim van Lommel, entre otros. En entornos clínicos controlados, numerosos informes de observaciones precisas fuera del cuerpo desaİan la noción de que la conciencia es simplemente un subproducto de la función cerebral. Uno de los patrones más llamativos en las ECM es la afirmación consistente de la identidad personal y la conciencia, incluso cuando

todos los signos biológicos de vida han cesado. Estos relatos resuenan fuertemente con la comprensión védica de que el yo —el jīva— no depende del cuerpo İsico para su existencia, y que la muerte no es la extinción, sino la transición. Aunque tales experiencias varían culturalmente en su expresión, los elementos centrales son notablemente universales. Muchos regresan con vidas transformadas, un propósito renovado y un miedo disminuido a la muerte. Este efecto posterior psicológico y espiritual apunta no solo a la realidad de la continuidad del alma, sino también a la posibilidad de que la conciencia sea no local, no ligada al cerebro o al sistema nervioso. Mientras que los escépticos pueden descartar las ECM como alucinaciones o meros fenómenos neurológicos, ninguna explicación puramente material ha podido dar cuenta por completo de la claridad, coherencia y precisión de muchos de esos informes. Cuando se consideran junto con el testimonio de las escrituras y el razonamiento filosófico, las experiencias cercanas a la muerte ofrecen un poderoso eco moderno de lo que los Vedas han enseñado durante milenios: que la vida no termina con la muerte del cuerpo, y que nuestra verdadera identidad va más allá del alcance de la carne y los huesos. Sin embargo, estas experiencias representan solo un breve cruce del umbral, momentos en que el alma se cierne cerca de la partida pero finalmente regresa al mismo cuerpo. Pero ¿qué sucede cuando la partida es definitiva? ¿Cuando el alma abandona completamente el cuerpo y entra en otro? Aquí entramos en una dimensión más profunda del viaje del alma. En las últimas décadas, miles de casos documentados, especialmente entre niños pequeños, han dado aún más peso a la idea de que la conciencia no solo sobrevive a la muerte, sino que lleva consigo impresiones y recuerdos de vidas anteriores.

Recuerdos de vidas pasadas

Cuando surge el tema de la reencarnación, una de las preguntas más comunes es: si hemos vivido antes, ¿por qué no recordamos? A primera vista, esto parece una objeción fuerte, pero incluso dentro de nuestra vida actual, la memoria dista mucho de ser perfecta. A menudo olvidamos lo que estábamos haciendo hace solo unos días, por no hablar de eventos de la primera infancia. La memoria se desvanece, se fragmenta y, a veces, desaparece por completo. Además, imaginemos por un momento que pudiéramos recordar no solo esta vida con todo detalle, sino también innumerables existencias anteriores. Tal recuerdo abrumador podría desestabilizar fácilmente la mente. Desde esta perspectiva, el velo del olvido puede entenderse no como un defecto, sino como una forma de protección, o incluso de compasión. Como Kṛṣṇa afirma en la Bhagavad-gītā (15.15): sarvasya cāhaṁ hṛdi sanniviṣṭo mattaḥ smṛtir jñānam apohanaṁ ca —«Yo estoy sentado en el corazón de cada uno, y de Mí vienen el recuerdo, el conocimiento y el olvido». A pesar de este olvido natural, hay casos bien documentados, especialmente entre niños muy pequeños, que reportan recuerdos vívidos y detallados de vidas anteriores. Estos relatos a menudo incluyen nombres, lugares, relaciones e incluso circunstancias de la muerte, muchos de los cuales han sido verificados mediante investigación. Uno de los investigadores más respetados en este campo fue el Dr. Ian Stevenson, psiquiatra de la Universidad de Virginia, quien dedicó más de cuatro décadas al estudio de miles de estos casos en diversas culturas y continentes. Su meticulosa documentación se centró en niños que, entre los dos y los siete años, recordaban espontáneamente experiencias de vidas pasadas. Muchos de estos niños mostraban conocimiento de personas, eventos y lugares que eran geográfica y culturalmente distantes de sus familias actuales. En algunos casos, incluso presentaban marcas de nacimiento o rasgos

İsicos que correspondían a lesiones o heridas de la vida que afirmaban recordar. El sucesor de Stevenson, el Dr. Jim Tucker, ha continuado este trabajo y ha publicado varios estudios y resúmenes accesibles, confirmando que estos fenómenos no son ni raros ni culturalmente aislados. Aunque la ciencia moderna no ha podido explicar estas memorias dentro de un marco materialista, el fenómeno se alinea estrechamente con la enseñanza védica de que el alma lleva consigo no solo su karma sino también impresiones sutiles (saṁskāras) de una vida a la siguiente. Así pues, como se mencionó anteriormente, la capacidad de olvidar puede verse como un acto de gracia divina que nos permite vivir en el presente sin la carga de recuerdos no resueltos. Sin embargo, quienes desean aprender sobre sus vidas pasadas a veces recurren a técnicas como la terapia de regresión a vidas pasadas, que afirman recuperar memorias enterradas de encarnaciones anteriores. Pero ¿es esto realmente necesario? El pasado no regresa y no se puede cambiar. Lo que sí podemos y debemos cambiar es el presente, dando forma así a nuestro futuro. En el momento de la muerte, el jīva abandona el cuerpo burdo, transportado por el cuerpo sutil. Este cuerpo sutil, que contiene los pensamientos, sentimientos y deseos del alma, determina en gran medida la naturaleza del siguiente cuerpo burdo. Pero estas impresiones internas no son el único factor que moldea nuestro futuro. Otra fuerza también juega un papel decisivo.