El toro simboliza la religión, el dharma, y sus cuatro patas representan los pilares que la sostienen: la veracidad, la pureza, la austeridad y la misericordia. Del mismo modo que una mesa se sostiene sobre cuatro patas, la religión se mantiene firme gracias a estas cuatro virtudes.

En el Primer Canto del Srimad-Bhagavatam, Capítulo 17, se narra cómo el rey Pariksit encuentra a un toro herido, con tres patas rotas, y a una vaca llorando. El toro es el dharma personificado, y en ese relato estaba siendo atacado por Kali, la personificación de la era actual, en la que los valores espirituales se debilitan. Esta imagen muestra cómo el deterioro de las cualidades religiosas afecta a toda la sociedad.

Cuando el rey preguntó al toro quién había sido el agresor, el toro no culpó a nadie directamente. Entonces el rey confirmó su identidad con estas palabras:

El rey Pariksit castigando a Kali por atacar al toro del dharma

«¡Oh, tú, que tienes la forma de un toro! Tú conoces la verdad de la religión, y estás hablando de conformidad con el principio que dice que el destino dispuesto para el que perpetra actos irreligiosos es el mismo que se dispone para aquel que identifica al autor. Tú no eres otro que la personalidad de la religión». (SB 1.17.22)

Dharma — el noble

«Cuando leímos en una carta de Srila Prabhupada que es mejor evitar la inseminación artificial y emplear el método natural de procreación, decidimos comprar un toro entero, tanto como semental como representante de los principios religiosos. Así, en 2006, llegó Dharma a Nueva Vrajamandala, el primer y único toro entero que ha habido en la vaquería. Tenía solo seis meses de edad, y vino con una anilla en la nariz, así que empecé a entrenarlo desde muy pequeño para arrastrar troncos y un carro. También sabía desplazarse marcha atrás. A los dos años, Dharma, junto con Amrita, procreó al toro Krishnita. Después, con Kartika, tuvo a Bhumi y a Rukmini. Más tarde, con su consorte Laksmi procreó a Radharani, y con Amrita tuvo a Sundari. Finalmente, dejó preñadas a Radharani y a Sundari. Radharani perdió el ternero y Sundari parió a Jagannatha. Dharma fue un toro muy noble. Jamás mostró un gesto de agresividad, aunque se le acercara alguien desconocido». —Anadi

Cuando Dharma entró por primera vez en Rupa Goshala, acompañado de su hija Rukmini, las demás vacas —que no lo conocían— se acercaron a verlos. Radharani y Sundari, que ya sabían quién era Dharma, se mantuvieron a cierta distancia.

Hanuman, un buey grande y fuerte, se acercó rápidamente para enfrentarse a él. Dharma, mucho más bajo y pequeño, no se intimidó ni mostró temor. Hanuman, decidido, comenzó a empujarlo hacia atrás con todo su peso, obligándolo a retroceder. Mientras tanto, Dharma se dejó llevar, esperando el momento justo para darle una corneada precisa en la nariz. Hanuman comenzó a sangrar.

El toro de Rupa Goshala – Dharma

Desde aquel día, Hanuman comprendió que Dharma era valiente y que él era el verdadero jefe de la manada. Fue la única vez que se vio a Dharma actuar de esa manera, y también el último día en que Hanuman mostró agresividad. A partir de entonces, dejó de romper puertas y vallados en la vaquería, dejó de molestar a las otras vacas y se volvió tranquilo y pacífico.

Cuando Dharma llegó, llevaba una anilla atravesando la nariz. Los vaqueros decidieron quitársela y, al hacerlo, Dharma se tornó aún más apacible, hasta el punto de que Damodara Priya podía cuidarlo sola. Él aceptaba ese servicio confiado, sabiendo que no recibiría daño alguno. Era un toro noble y bondadoso. Con el paso de los años, Dharma se volvió más lento y todavía más dócil. Con los humanos era manso y serio, y con las vacas, dulce y romántico. Se comportaba como un auténtico galán: cuando alguna Dharma y Rukmini vaca estaba en celo, Dharma adquiría enseguida su porte de caballero y siempre estaba dispuesto a la procreación. Y aunque los años le restaban rapidez, su poderosa iniciativa le seguía llenando de entusiasmo.

Este toro, de carácter intachable, dejó su cuerpo una tarde de verano de 2024. Yo había ido aquella tarde a limpiar, darles de comer y ordeñar, cuando Parama Karuna me advirtió: —Cuando llegues, ve a ver a Dharma; está recostado cerca del río.

Parama Karuna lo había estado observando aquella mañana y le pareció extraño que no se levantara en tanto tiempo.

Al llegar, fui directamente hacia él y lo encontré recostado, sin poder levantarse. Lo intentaba, pero su cuerpo ya estaba muy débil e hinchado. Corrí a por una cuerda para intentar ayudarle. Regresé deprisa, pero al llegar, Dharma ya agonizaba. Su respiración era fuerte, pero poco a poco se fue calmando, hasta volverse cada vez más lenta.

Presenciar cómo Dharma abandonaba su cuerpo fue una experiencia que no olvidaré jamás. La impotencia me dominaba, pero sabía que había llegado su momento. Krishna me concedió la oportunidad de acompañarle en sus últimos instantes como toro. Consciente de que ya nada podía hacer, pedí ayuda a nuestro Señor, protector de las vacas. Desolada, pero llena de fe, comencé a clamar: —¡Krishna! ¡Krishna! ¡Krishna! Ayúdanos, por favor.

Y entonces, Dharma soltó su último aliento.

La diferencia entre un cuerpo vivo y un cuerpo muerto es inconfundible. El alma no puede verse, pero su presencia es innegable. Algunos creen que el alma no existe, pero yo pude sentir el instante en que salió del cuerpo. Con su último suspiro, aquel cuerpo de toro quedó vacío.

Arjuna con Krishnachandra