En esta sección presentamos una serie de testimonios, palabras de aprecio y gratitud de un amplio abanico de devotos —jóvenes y mayores— que, en algún momento de su vida, mantuvieron un vínculo estrecho con la vaquería Rupa Goshala.

Laksmana: Quiero expresar mi agradecimiento, porque los años que pasé cerca de la vaquería fueron los más hermosos y felices de mi vida. ¿Quién me hubiese dicho que tendría dos hijos maravillosos como Syam y Gauraṅga, y que su infancia transcurriría en un valle hermoso, rodeado de naturaleza, ríos, un templo y vacas? Por las tardes corríamos a ordeñarlas y, al llegar, nos esperaba un vaquero encantador. También corríamos por el campo recogiendo florecillas para ofrecerlas junto al incienso. Laksmana con su bebé Syam y Jagannatha recién nacido

Vamos… parece un cuento de hadas, pero fue real. Fue un regalo haber crecido entre Gopi, Rupa, Jagannatha, Dhira, Radhe, Yamuna, Tilaka… Gracias por este maravilloso regalo de vida.

Gopal: Llegué a la finca siendo muy joven, y fue Alberto, el vaquero, quien me enseñó a ordeñar por primera vez.

Más adelante, cuando ya estaba en el colegio, fui con todos mis compañeros de clase. Con el tiempo, mientras yo seguía creciendo, Alberto continuaba enseñándonos a mí, a mis amigos y a otros devotos que vivíamos en la finca. Años después, me mudé y dejé de vivir allí, pero volví en varias Alberto observando cómo Gopal ordeña a Tilaka ocasiones: con mi actual pareja, con mi hermana, con algunos amigos… Y cada vez que volvía, el mismo ambiente, el mismo amor, seguía presente. El vaquero volvía a enseñarnos a ordeñar, porque se me había olvidado, tanto a mí como a los que venían conmigo. Para mí, la vaquería ha sido un lugar de transformación. Creo sinceramente que somos muy afortunados de contar con un espacio así en España —y en el mundo—, un lugar donde se puede aprender, crecer y evolucionar. Siempre he sentido que todo en la finca se ha basado en el amor: amor por los devotos, amor por las vacas, amor en general. Por eso, quiero dar las gracias a Alberto por el gran trabajo que ha hecho, que sigue haciendo y que, sin duda, seguirá haciendo. Y también quiero enviarle un fuerte abrazo por ser, además, un gran amigo.

Vraja-lila: Agradezco al vaquero, Alberto, porque no sé si él sabe lo importante que fue para mí su actitud de acogida. Para mí fue vital. Gracias a él y a las vacas pude salir del abismo en el que me encontraba; pude salir de esa crianza en soledad que vivía entre personas solteras y monásticas. Tanto yo como mi bebé fuimos contenidas por la madre vaca, y pude entender que mi capacidad de comprender no alcanza a abarcar el misticismo que tienen las vacas. Así que le doy gracias a él por compartir y brindar un espacio que me permitió vivir esta experiencia.

Lilesvari: Hay tantas cosas que me vienen a la cabeza cuando recuerdo la vaquería y mi vida en la finca…

Desde el Torreón veíamos al vaquero. Hacía mucho frío y él iba a ordeñar, a cuidar a sus vaquitas. Todo lleno de nieve, y él también allí, llamándolas: ¡bolo, bolo, bolo! Cuarenta grados, al sol: ¡bolo, bolo, bolo! Yo le decía a Abhay: «¿Tú sabes lo que es la perseverancia? Eso, lo que hace el vaquero». Porque lo tiene claro, por eso se mantiene año tras año cuidando a sus vacas, que le dan tanta misericordia. ¡Qué afortunado es el vaquero! Recuerdo cuando nació un ternerito. Era invierno, había nieve, yo estaba muy preocupada. Bajamos allí, el vaquero metió la mano a la vaca y sacó al ternerito. Para mí fue muy impresionante. Era la primera vez que lo veía. Y así muchas… las fiestas de la vaquería… los niños ordeñando… Son recuerdos entrañables, de los que estoy muy agradecida y me siento muy afortunada de haberlos vivido.

Yoga: Ir a la vaquería era mi momento de paz, de tranquilidad. Me daba fuerzas, tanto İsicas como mentales. Gritar un «bolo bolo» y ver cómo las vacas venían ha sido toda una experiencia… Presenciar las etapas de la vida —el nacimiento y la muerte de las vacas— me hacía sentir sereno. Era mi momento de meditación, de estar conmigo mismo. Me daba mucha satisfacción escuchar música clásica o mantras, y sentir la paciencia y la buena energía que me transmiơa Alberto. El juego sano de adivinar cuántos litros habíamos ordeñado y luego apuntarlo con orgullo en la pizarra… Tener como regalo de cumpleaños la llave de la vaquería… eso te da un orgullo como adolescente. Gracias por esos buenos momentos.

Recuerdo mucho a Víctor «el Ruso» y a Vanamali, otras dos personas con quienes tuve el placer de compartir buenos momentos en la vaquería. Y los pequeños privilegios, como recibir siempre un poco de maha-prasadam como gratitud a nuestro esfuerzo y dedicación.

Ambarisa: Tengo un recuerdo muy especial de la vaquería: mi boda con Ingrid, un acontecimiento en el que tuve la gran misericordia de casarme en aquel lugar. Los devotos estuvieron ahí, familiares, amigos… Mahalaksmi hizo la ceremonia. Estuvo muy bonito. La vaca es la madre, y se la debe tratar como tal. No se la debe maltratar. Yo animo a la gente a cuidar de su madre. Krishna es Govinda, y Govinda es aquel que da placer a las vacas. Si la Suprema Personalidad de Dios se ocupa de ellas, nosotros también deberíamos hacerlo o, al menos, respetarlas. Así que yo animo a la gente a ir a la vaquería de Nueva Vrajamandala, a vivir una experiencia muy gratificante. Tengo muchos gratos recuerdos allí.

Parama Karuna: Cuando volvimos de India, después de tres meses de haber estado fuera de Nueva Vrajamandala, fuimos a saludar a las vacas. Nada más entrar, nos encontramos con Rukmini y Baladeva. Entonces me lancé sobre Baladeva para acariciarlo, abrazarlo y molestarlo un poco. Él es un buey muy amoroso, el más bueno de la vaquería. A su lado también estaba Rukmini, a un metro y medio del vallado, bebiendo agua. Desde lejos la miré, pero no se acercaba. Así que la saludaba diciéndole: «¡Eh, Rukmini! ¿Ya te olvidaste de mí?» Rukmini es una vaca muy bonita, muy linda, pero de carácter fuerte, diİcil de poder acercarse y mostrarle cariño. Siempre con distancia y respeto. Para mí siempre fue un problema ordeñarla. Me miró de costado y, al ratito, se acercó y me saludó con la cabeza. A pesar de la tensión que senơa, de pensar que en cualquier momento me iba a cornear, entendí que era un saludo. Así que, desde el otro lado del vallado, estiré la mano y esperé a ver si me aceptaba. Ella se aproximó y me dejó acariciarla, tocarle la cara y el flequillo. La peiné un poquito y saqué la mano. Pero ella se quedó, así que entendí que quería otro poco de mimos. Después de eso, se alejó y volvimos a nuestra relación habitual. Eso me demostró que ellas guardan en su corazón ese amor y no olvidan los años que pasamos juntos, las muchas situaciones que compartimos en el día a día. Fue un momento muy lindo, uno de los mejores recuerdos que tengo de la vaquería.