বড়-কৃপা ৈকেল কৃѯ অধেমর ϕিত িক লািগয়ািনেল েহথা কর এেব গিত (১)
bara-kṛpā kaile kṛṣṇa adhamera prati ki lāgi ānile hethā kara ebe gati baṛa-kṛpā—gran misericordia; kaile—has mostrado; kṛṣṇa—oh, Kṛṣṇa; adhamera prati—a esta alma caída; ki lāgi—por qué motivo; ānile—me has traído; hethā—aquí; kara—por favor muéstrame; ebe—ahora; gati—Tu propósito.
Gran misericordia, oh Kṛṣṇa, has mostrado a esta alma caída, pero ¿por qué me has traído aquí? Por favor, muéstrame cuál es Tu propósito.
Śrīla Prabhupāda compuso esta oración el 18 de septiembre de 1965, un día después de su llegada a América. Su propósito era cumplir la misión encomendada por su maestro espiritual: propagar las enseñanzas del bhāgavata-dharma en el mundo de habla inglesa. Por ello había soportado la ardua travesía en barco por el Atlántico. Finalmente había alcanzado su destino, y podríamos suponer que estaba lleno de alegría y entusiasmo por comenzar su labor misionera. Sin embargo, su estado de ánimo era serio y pensativo. El día de su llegada, el capitán del barco lo había llevado al centro de la ciudad de Boston, una importante metrópoli de los Estados Unidos, situada cerca de la Universidad de Harvard, una de las instituciones académicas más antiguas y prestigiosas del mundo. Sin embargo, la primera impresión que Prabhupāda tuvo de su nuevo campo de acción estuvo lejos de ser alentadora. Si bien América era considerada el país más avanzado del mundo en cuanto a tecnología y logros materiales, todo el brillo de la vida urbana moderna, con sus lujosos automóviles y sus imponentes edificios, no le resultaba ni atractivo ni admirable. Todo lo contrario. Ya en alta mar había expresado en su diario su anhelo por la sencilla vida del pueblo de Vṛndāvana; y ahora, de pie ante la engañosa fachada reluciente de la civilización occidental, esa añoranza se hacía aún más profunda La atmósfera de Boston estaba impregnada por un espíritu inquieto de disfrute, muy distinta a la apacible serenidad de Vṛndāvana, que había dejado atrás y que tanto echaba de menos. En este estado de ánimo, Prabhupāda expresó una duda paradójica: «Mi querido Señor, ¿por qué me has traído aquí?» América no le parecía, en absoluto, un lugar donde las personas pudieran estar receptivas hacia la conciencia de Kṛṣṇa. Así, el primer verso marca el tono de todo el poema: una mezcla de gratitud, incertidumbre y entrega incondicional. Podríamos preguntarnos por qué Prabhupāda formuló la pregunta: «¿Por qué me has traído aquí?» Después de todo, no había llegado a las costas de América por casualidad o contra su voluntad. Durante mucho tiempo había planeado predicar en Occidente. Había tenido que superar muchos obstáculos y realizar grandes esfuerzos para poder emprender este viaje. Había gestionado pasaporte, visado y pasaje, además de mandar imprimir y enviar doscientos juegos de libros. El viaje había durado más de un mes, durante el cual había sufrido frecuentes mareos y padecido dos ataques al corazón. Ahora, por fin, había llegado. Sin embargo, en lugar de experimentar alegría y entusiasmo, su primer contacto con el Nuevo Mundo estuvo marcado por la preocupación y la incertidumbre Kṛṣṇa había sido muy misericordioso con él y lo había protegido, como anotó en su diario, de un tercer ataque al corazón, que habría significado su muerte segura. Por ello, Prabhupāda senơa naturalmente una profunda gratitud y reconocía la gran misericordia que había recibido: baṛa-kṛpā. Sin embargo, al contemplar a una población profundamente atrapada en el materialismo, se preguntaba qué podría lograr en circunstancias tan desfavorables. No obstante, como alma completamente entregada, confiaba sin reservas en la misericordia y la sabia previsión del Señor. Satsvarūpa Dāsa Goswami, uno de los primeros discípulos de Śrīla Prabhupāda, quien se unió a él un año después, en 1966, en Nueva York, escribió sobre este poema: Estos son los pensamientos de un hombre que, tanto İsica como espiritualmente, había llegado desde el lugar más sagrado de la conciencia de Kṛṣṇa al mundo infernal del siglo veinte: de Vṛndāvana a Boston. De inmediato reconoció la muerte, el sufrimiento y la ilusión; vio cómo los seres humanos habían sido reducidos a una existencia meramente animal, algo que un materialista jamás percibiría. Y, sin embargo, no se apartó con desdén. Había venido para salvar a estas personas, pero ahora se senơa débil e indefenso, incapaz de lograr nada por su propio esfuerzo. Estaba allí, en una gran ciudad estadounidense, llena de riquezas y habitada por millones de personas resueltas a seguir siendo tal como eran. Él no era más que un “insignificante y desamparado mendigo”, un hombre de edad avanzada que apenas había sobrevivido a dos ataques al corazón durante la travesía marítima, que hablaba un idioma desconocido y vesơa de forma extraña. Y, aun así, había venido a decirles que debían renunciar al consumo de carne, al sexo ilícito, a las drogas y al juego, y en cambio adorar a Kṛṣṇa, quien para ellos no era más que un dios indio desconocido. ¿Qué podría lograr en semejante situación?
Algunos años más tarde, Prabhupāda describió sus sentimientos poco después de su llegada a América en una carta dirigida a Hanumān Prasād Poddār, el director de Gita Press, una importante editorial india de literatura religiosa que había impreso su edición del Primer Canto del Śrīmad-Bhāgavatam:
«De algún modo, el 17 de septiembre de 1965 llegué a Boston. Mientras estaba a bordo del barco Jaladuta, me preguntaba: ‘¿Por qué me ha traído Kṛṣṇa a este país?’ Yo sabía bien que, según nuestra concepción védica, las personas de Occidente están demasiado acostumbradas a muchas cosas prohibidas. Por eso, movido por un impulso interior, escribí un largo poema dirigido a Kṛṣṇa, preguntándole cuál era Su propósito al traerme a esta tierra.» Sin embargo, como muestran los versos siguientes, Prabhupāda tenía una profunda confianza en que Kṛṣṇa ciertamente tenía un plan al llevarlo precisamente al bastión terrenal de Kali, los Estados Unidos de América.