Srila Prabhupada y sus discípulos en Alemania

Capítulo 10

EL LÍO DE ÁMSTERDAM

Después de una semana en París, Śrīla Prabhupāda visitó Ámsterdam, donde los devotos neerlandeses le recibieron por primera vez en su pequeño templo de Bethanienstraat. Aunque el centro era nuevo y ninguno de los devotos tenía mucha experiencia, le habían pedido a Prabhupāda que instalara las Deidades de Jagannātha, Baladeva y Subhadrā. Los devotos de Alemania querían aprovechar la cercanía de Ámsterdam, que está a pocas horas en coche desde París, así que todos subieron a sus furgonetas y se dirigieron hacia el norte para estar unos días más con su maestro espiritual.

CAKRAVARTĪ DĀSA: «Recibimos a Prabhupāda en el aeropuerto de Ámsterdam con un kīrtana entusiasta y le acompañamos hasta la sala VIP, donde se acomodó detrás de una enorme mesa de conferencias frente a un grupo de periodistas. La sala no tenía aire acondicionado y era un día de agosto muy caluroso. Los devotos no habían llevado abanicos, así que, después de ver cómo las gotas de sudor perlaban el rostro de Prabhupāda, finalmente tomé una revista y le hice un poco de aire para refrescarle. Al día siguiente, uno de los principales periódicos publicó una foto mía de pie junto a Śrīla Prabhupāda. El pie de foto decía que uno de los jóvenes discípulos del Swami servía a su maestro espiritual abanicándole con una revista.

Para la tarde de viernes y la de sábado habíamos alquilado un salón en el hotel Krasnapolsky, cerca de la Dam, la plaza principal del centro de Ámsterdam».

PṚTHU DĀSA: «Para atraer gente a la conferencia de Śrīla Prabhupāda, Hansadutta y Revatīnandana Swami encabezaron un enorme harināma por el centro de Ámsterdam y alrededor de la plaza Dam; cuando llegaron al salón, les seguía una multitud inmensa de hippies. El kīrtana continuó en el escenario durante un buen rato hasta que Prabhupāda llegó y se sentó en el vyāsāsana. Tomó sus karatālas, cantó Jaya Rādhā-Mādhava y dio una breve conferencia. Luego llamó a Hansadutta, intercambió unas palabras con él y se levantó para marcharse. Hansadutta nos dijo que Prabhupāda había comentado que aquella gente no estaba en condiciones para entender filosofía, ya que todos estaban intoxicados. Lo mejor era simplemente hacer kīrtana y darles prasādam; no tenía sentido entrar en explicaciones filosóficas. Así que organizamos un festival con kīrtana ininterrumpido y distribuimos cientos de platos de prasādam».

CAKRAVARTĪ DĀSA: «Una de mis funciones era mantener el orden. Cuatro o cinco jóvenes —lo que hoy llamaríamos «punks»— comenzaron a fumar. Les pedí que apagaran los cigarrillos. Entonces, durante el kīrtana de Prabhupāda, uno de ellos se puso a burlarse de nuestro baile. Lo ignoramos y el resto de la velada transcurrió sin incidentes».

REVATĪNANDANA DĀSA: «El sábado tuvimos un programa de todo el día en Vondelpark. Śrīla Prabhupāda nos dijo que simplemente hiciéramos kīrtana, porque aquella gente estaba degradada. Nos indicó que no habláramos mucho, ya que si decíamos algo inapropiado podrían alterarse, incluso volverse violentos. Le comenté que tenía experiencia con ese tipo de personas y que, después de diez o quince minutos, a menudo se volvían inquietas. “Sí —dijo Prabhupāda—, diez, quince minutos como máximo, y sin preguntas”. Por la mañana comencé el programa con kīrtanas y charlas breves. Prabhupāda se alojaba en un apartamento cercano cuyo ventanal daba al parque. Su sirviente me contó más tarde que, al oír cómo seguía nuestro programa, Prabhupāda salió al balcón y permaneció allí un buen rato.

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Evidentemente, disfrutaba escucharnos predicar mediante el canto y las conferencias. Un devoto había aprendido en la India un cántico: he kṛṣṇa govinda hari murāri / he nātha nārāyāṇa vāsudeva. Cuando Prabhupāda lo oyó, nos llamó a su habitación y dijo: “Esto no es un mantra védico; es una canción de cine. Un discípulo inteligente simplemente acepta lo que su maestro espiritual le provee, considerando que eso es suficiente. Hay muchos nombres de Dios que podéis cantar, pero es mejor tomar lo que llega por sucesión discipular y lo que el maestro espiritual introduce”».

CAKRAVARTĪ DĀSA: «Vivían tantos hippies en aquel parque que debían de haber por lo menos cuatro o cinco mil personas presentes cuando Prabhupāda subió al vyāsāsana y comenzó a hablar. Yo formaba parte nuevamente del equipo de seguridad, y de pronto el mismo grupo de punks se acercó al escenario. Cuando Pradyumna, el editor de sánscrito de Prabhupāda, los vio, me localizó y me aconsejó cómo tratar al tipo que se había burlado de nuestro baile: “Si hace alguna tontería, ¡haz algo!”. Llevaba menos de un año como devoto, y las palabras de alguien del séquito personal de Prabhupāda para mí eran como la verdad absoluta. Desde ese momento no le quité el ojo de encima, e incluso le advertí que, si se atrevía a causar alguna perturbación, actuaría. Fuera adonde fuera, yo lo seguía como una sombra. Finalmente se colocó justo delante del escenario, mirando fijamente a Prabhupāda, que hablaba ante una multitud enorme de jóvenes. Entonces aquel necio se atrevió a hacerse un gesto de burla con la nariz dirigido a Śrīla Prabhupāda. Yo estaba en el escenario, así que me lancé sobre él como un tigre. Perdió el equilibrio y ambos caímos al suelo. Tres o cuatro devotos más corrieron a ayudarme, y una multitud se congregó a nuestro alrededor. Se oían voces airadas. De repente oímos el sonido de karatālas. Prabhupāda había empezado a cantar Hare Kṛṣṇa. En cuanto la vibración trascendental de su voz llenó el aire, la tensión disminuyó y, de un modo u otro, la situación se apaciguó. Después del programa, Prabhupāda nos llamó y nos reprendió por nuestra necedad. Estaba perturbado y dijo que solo el canto del santo nombre había evitado un desastre: cinco mil hippies peleándose con un centenar de nosotros.

Añadió que una de nuestras enfermedades occidentales era enfadarnos con facilidad y empezar una pelea por una nimiedad. Al día siguiente, el tipo al que yo había atacado vino al templo a disculparse. Para mi asombro, admitió que le había impresionado la acción decisiva tomada contra él. Y se quedó y se volvió devoto». *** El incidente hizo que Prabhupāda reflexionara. En varias ocasiones había mencionado que los hippies eran los mejores candidatos para la vida espiritual, porque habían rechazado voluntariamente el estilo de vida materialista de sus padres para buscar algo mejor. De hecho, la mayoría de los discípulos de Prabhupāda provenían de la contracultura. Pero los ideales iniciales de ésta estaban degradándose rápidamente en hedonismo y cinismo, tal como él pudo comprobar en Ámsterdam. Al día siguiente escribió a Hridayānanda Mahārāja, que estaba dando conferencias en universidades estadounidenses: Observamos aquí en Europa que muchos hippies se han hartado de la vida material, pero al mismo tiempo están tan degradados que no quieren escuchar nuestra filosofía, sino que simplemente se burlan. Así que nuestros devotos pueden volverse muy eruditos para disipar sus dudas y quedar muy fijos en la conciencia de Kṛṣṇa, pero en lo que se refiere a predicar al público en general, especialmente a la clase hippie, es mejor no predicar demasiada filosofía. De un modo u otro, que canten el mahā-mantra Hare Kṛṣṇa, y si algunos sienten curiosidad por aprender algo, pueden comprar uno de nuestros libros. Con que canten con nosotros, eso les ayudará. A lo largo de los años, Prabhupāda a veces volvió a referirse a esta experiencia: «Vi en Ámsterdam —lleno simplemente de hippies— a gente tirada en la calle, tirada en el parque; sin comida, sin refugio. Y sigue ocurriendo. […] Deben de desear algo. Necesitan algo. […] Tú puedes necesitar comida, yo puedo necesitar una mujer, él puede necesitar dinero. […] Así, todo el mundo necesita algo. Por lo tanto, en última instancia uno debe buscar a Dios. Entonces todas las necesidades quedarán colmadas».

PṚTHU DĀSA: «Una mañana temprano paseábamos con Śrīla Prabhupāda por el Vondelpark, donde la mayoría de los hippies había pasado la noche de verano en sacos de dormir. Mi atención se fijó en una pareja tumbada bajo un árbol. Ya no dormían, sino que estaban bastante ocupados el uno con el otro. Sentí

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curiosidad por ver cómo reaccionaría Prabhupāda, así que lo observé de reojo. Pero Prabhupāda me había estado observando a mí, y cuando nuestras miradas se cruzaron, negó con la cabeza en desaprobación, como diciendo: “No, no, ¡no miramos! Un devoto no observa a personas enfrascadas en asuntos lujuriosos”».

REVATĪNANDANA DĀSA: «Cuando pasamos junto a la pareja de hippies, Śrīla Prabhupāda comentó: “¡Fijaos! En el mundo material, no importa que uno sea rico o pobre, siempre habrá alguna facilidad para la vida sexual”».

AṢṬARATHA DĀSA: «Llegamos a Ámsterdam de madrugada, el mismo día de la llegada de Prabhupāda. En cuanto entramos en el templo se celebró una iṣṭagoṣṭhī para explicar a todos qué debíamos hacer. Todavía quedaban preparativos por completar. Había que organizar la recepción de Prabhupāda en el aeropuerto, pintar de azul claro y rosa los arcos de madera recién construidos en la sala del templo y coser ropa para Jagannātha, Baladeva y Subhadrā. Cuando se preguntó: “¿Quién sabe coser?”, uno de los devotos de Hamburgo —para quien yo había hecho una bolsa para cuentas— señaló en mi dirección y dijo: “Él sabe”. Aunque tenía muy poca experiencia, al ver la situación pensé: “Bueno, nunca he hecho ropa, pero de un modo u otro conseguiré sacar algo”. Así que acepté. A mediodía de aquel viernes, todos nos reunimos frente al templo para recibir a Prabhupāda. Kiśorī Dāsī estaba lidiando con sus hijos. Su hijita llevaba toda la mañana llorando sin que nada la calmara. Y no había manera de decirle a Kiśorī que se marchara con la niña. Ella insistía en estar allí con sus hijos para recibir a Prabhupāda. En cuanto Prabhupāda salió del coche y vio a la niña llorando en brazos de Kiśorī, se acercó, le acarició la cabeza y dijo: “Todo está bien”. Y de inmediato la niña se quedó tranquila. Me quedé asombrado. El templo consistía en una sala de templo bastante amplia, una cocina, una oficina y otra habitación pequeña para las devotas. Los brahmacārīs dormían en el desván. Dividimos el āśrama de mujeres con una cortina, y en la parte delantera me senté con Jagannātha, Baladeva y Subhadrā… y la tela. La máquina de coser estaba estropeada, así que tuve que coserlo todo a mano. Y como la instalación era en dos días, tuve que trabajar durante las noches. Mis únicos compañeros en aquellas dos noches fueron unos cuantos ratones que corrían por todas partes.

Me imaginé las Deidades de Jagannātha en Hamburgo y traté de reproducir sus ropas. Los turbantes fueron lo más difícil; solo por la misericordia de Kṛṣṇa logré algo parecido a un turbante tras numerosos intentos fallidos de envolver la tela. El domingo por la mañana terminé los últimos detalles y, completamente exhausto, me fui a descansar en nuestra furgoneta VW porque la instalación estaba prevista para la tarde».

BHAKTI GAURAVANI GOSWAMI: «La mañana de la instalación me pidieron que ensartara collares de flores. Kiśorī Dāsī estaba a cargo de las decoraciones y las flores, y me proporcionó una aguja, hilo y cubos llenos de claveles blancos, rosas y rojos. Era la primera vez que hacía un collar de flores, y Kiśorī estaba demasiado agobiada como para darme instrucciones detalladas o supervisar mi servicio. Akṣayānanda Dāsa, el presidente del templo, había volcado toda la responsabilidad de los preparativos sobre ella, porque estaba ocupado preparando su iniciación de sannyāsa, que tendría lugar esa misma tarde justo después de la instalación de las Deidades. Kiśorī se esforzaba sinceramente por organizarlo todo, pero la tarea la superaba. Reinaban el desorden y la confusión. ¿Cómo se ensarta un collar de claveles? Yo no lo sabía, y no se me ocurrió hacerlo longitudinalmente, abriendo los pétalos y encajando la parte verde y dura en la flor anterior, de modo que al final solo se vieran pétalos. Pasé la aguja de lado y giré las flores, de forma que los pétalos apuntaban en direcciones distintas. Mientras los collares yacían sobre un paño en el suelo, parecían perfectos. La revelación llegó cuando, como recompensa por mi esfuerzo, se me permitió colocar uno de mis collares a Prabhupāda. Me sentí orgulloso y satisfecho de que Su Divina Gracia llevara uno de “mis” collares, visible para todos los presentes. Sin embargo, poco después mi arreglo artístico de claveles comenzó a desintegrarse: una flor tras otra fue inclinándose hacia abajo por efecto de la gravedad, dejando a la vista la base verde y dura. Además de resultar desagradables a la vista, las partes duras de las flores debieron de pinchar a Prabhupāda, pero él parecía imperturbable. No le preocupaba su propia comodidad; estaba más preocupado por los preparativos de la ceremonia,

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porque no solo su collar de flores no estaba a la altura, sino que también faltaban muchos de los ingredientes necesarios para la instalación».

AṢṬARATHA DĀSA: «Me desperté a las 15:30, ansioso por saber si la ropa de las Deidades seguía allí; tras una ducha rápida entré en la sala del templo y me abrí paso hasta el altar. No fue fácil, porque el templo estaba atiborrado de gente. Había tantísimos invitados que muchos tuvieron que quedarse en la acera; ya no cabía nadie dentro. Eché un vistazo al ashram de las mujeres y respiré aliviado: la ropa y las Deidades estaban allí. Pero me di cuenta de que casi nada estaba preparado para la instalación. No porque yo supiera exactamente todo lo que se necesita, pero sabía que las Deidades se bañan en leche y yogur y que se celebra un sacrificio de fuego. No había indicios de que eso se estuviera preparando. Pregunté a algunos devotos y me hicieron caso omiso; estaban ocupados atendiendo a los invitados y a la prensa y al equipo de televisión. Pensé: “¿Qué hacer? Tengo que llamar a Prabhupāda. Algo debe hacerse”. Nanda-kumāra, el servidor de Prabhupāda, respondió al teléfono. “Yo no estoy a cargo aquí”, le dije, “pero por lo que veo no se está preparando nada para la instalación”. Nanda-kumāra no podía creerlo. Rápidamente me dio instrucciones: sobre todo, que envolviéramos las Deidades en paños blancos y que necesitábamos grandes recipientes para el baño. Fuimos a pedir prestada una sábana al vecino, que rompimos en tres piezas, y sacamos ollas grandes de un hotel cercano. Poco a poco se montaron algunas cosas, pero, en conjunto, todo fue más bien precario».

REVATĪNANDANA DĀSA: «Cuando Prabhupāda entró en la sala del templo y vio cuán deficientes eran los preparativos para la instalación de las Deidades quedó visiblemente molesto. Faltaban frutas, flores y una decoración adecuada, y los devotos habían dispuesto unas bandejas metálicas de hotel para el abhiṣeka, lo mejor que tenían. Pero para Prabhupāda aquello era totalmente impropio. “No puedo creerlo”, dijo. “Esto es una farsa. No puedo invitar al Señor del universo a semejante lugar”. Durante varios minutos reprendió severamente a los responsables –sobre todo a Akṣayānanda, el presidente–, pero también a Nanda-kumāra, Shyamasundar, devotos mayores con experiencia. Finalmente, accedió: “De acuerdo, lo haré, pero esto no está bien”. Todo el episodio fue filmado por la televisión, pero a Prabhupāda no le importaba».

BHAKTI GAURAVANI GOSWAMI: «Un bhakta nuevo llevaba un par de semanas viviendo en el templo, y cada vez que se alteraba, los devotos le decían que cantara Hare Kṛṣṇa. Así que, al ver a Śrīla Prabhupāda tan molesto, le dijo: “¿Por qué no cantas Hare Kṛṣṇa?” Sin decir una palabra, Prabhupāda tomó su bolsa de japa y empezó a recitar el mahā-mantra. Continuó, intermitentemente, hasta que los devotos reunieron la parafernalia necesaria y estuvieron listos para comenzar la ceremonia».

AṢṬARATHA DĀSA: «Prabhupāda daba miedo. Cuando vio aquel desastre, se volvió hacia los líderes y exigió: “¿Quién es responsable de esto? ¿Quién es el pūjārī?” Akṣayānanda reunió valor y dijo: “Se lo pedí a Kiśorī…” “¿A una mujer?”, lo interrumpió Prabhupāda, mirándolo con severidad, con incredulidad en la voz. Silencio helado. La atmósfera estaba tan tensa que se podía cortar. Yo deseaba desaparecer bajo tierra. ¡Qué situación tan embarazosa! Solo pensaba: «Espero que al menos los atuendos salgan bien». Entonces Shyamasundar, el secretario de Prabhupāda, bajó la cabeza y preguntó tímidamente: “¿No deberíamos conseguir algo de fruta?” “¡No me digas lo que tengo que hacer!”, tronó Prabhupāda. Finalmente, Kiśorī entró con la fruta—un enorme plato de macedonia—y fue enviada de inmediato de vuelta a la cocina. Trajeron rápidamente algunas frutas enteras, y Nanda-kumāra comenzó a bañar a las Deidades. Cuando terminó, llevó a Sus Señorías detrás de las cortinas para vestirlas. Kiśorī debía hacerlo, pero estaba hecha un manojo de nervios. Así que lo primero que hizo Nanda-kumāra fue decirle que no hacía falta. Yo estaba cerca, listo para intervenir si era necesario, y entonces me llamó para ayudar a vestir a las Deidades».

NIKUÑJAVĀSIṆĪ DĀSĪ: «Mi hermano mayor vivía cerca de Bethanienstraat y visitaba el templo con regularidad para tomar prasādam. A veces incluso

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acompañaba a los devotos en harināma. Él fue la primera persona que me puso en contacto con la conciencia de Kṛṣṇa. Lamentablemente, más tarde se involucró con Guru Maharaji, donde no tenía que seguir ningún principio. Pero mi segundo hermano se volvió muy serio con la conciencia de Kṛṣṇa y fue iniciado como Aṅga Dāsa. Cuando Prabhupāda vino a Ámsterdam, Aṅga invitó a mis padres y a mí al templo para conocerle. Mi hermano nos dijo: “Este es un devoto puro, y aunque no entendáis nada, todo lo que diga es vibración sonora pura y tendrá un efecto beneficioso.” Yo quedé impresionado y pensé: “Oh, esto es muy especial. Voy a ver a este hombre santo, una persona muy espiritual.” Así que estaba realmente ansioso por ir, y así asistimos a la ceremonia de instalación. Había un equipo de televisión, y el templo estaba abarrotado de gente. Las preparaciones para la instalación eran tan deficientes que Prabhupāda estaba enfadado. Estaba gritando, y los devotos corrían tímidamente de un lado a otro tratando de seguir sus instrucciones. Incluso antes de ver a Prabhupāda, yo ya estaba en un estado de respeto, pero jamás esperaba verlo así. Debido al involucramiento de mi hermano mayor con Guru Maharaji, yo tenía cierto concepto previo de lo que era un guru. Siempre había visto fotos de Guru Maharaji con una gran sonrisa en el rostro—y la cara redonda y resplandeciente—pero aquí estaba Prabhupāda, tan enfadado. Pensé: “Vaya, esto es algo serio; esto exige entrega. Esta es la vida espiritual auténtica.” De repente comprendí que lo otro no era más que espectáculo externo, mientras que esto era real. Pero no pensé que yo estuviera preparado para ello. Sentía respeto por los devotos porque aceptaban tan seriamente las correcciones de Prabhupāda. Estaban ansiosos, intentando arreglar aquel lío. Por supuesto, yo no entendía de qué iba todo aquello. Había unas estatuas cubiertas con telas, una zona en medio preparada para el fuego, Prabhupāda gritando, los devotos corriendo por todas partes, y todo ello siendo grabado mientras nosotros simplemente estábamos allí mirando. Otra cosa que me asombró fue que Śrīla Prabhupāda no parecía preocuparse en absoluto por las cámaras de televisión o los invitados. Estaba haciendo lo necesario para que la ceremonia de instalación fuese correcta, y eso realmente me impresionó. No le importaba causar buena impresión a la gente de la televisión ni suavizar todo el asunto. Su único interés era que los arreglos para el servicio de Kṛṣṇa se hicieran de la manera adecuada».

VAIDYANĀTHA DĀSA: «Me sorprendió que una persona tan elevada, el líder del movimiento Hare Kṛṣṇa, se hubiera enfadado. En mi mente, un trascendentalista siempre permanecía equilibrado y sereno. Aún no sabía que un devoto podía mostrar ira en servicio a Kṛṣṇa. Llevaba viviendo con los devotos menos de una semana. Durante la conferencia, estaba apoyado contra la pared, con las rodillas bajo la barbilla y los brazos alrededor de ellas—la postura típica en la que no se debe sentar uno delante de las Deidades. Prabhupāda debió de fijarse en mí porque, de repente, levantó las piernas y se sentó en el vyāsāsana exactamente de la misma manera, y dijo: “Es una ofensa sentarse así delante de las Deidades. ¡Siéntate correctamente!” Esta es la única instrucción personal que jamás recibí de Śrīla Prabhupāda, y he intentado aplicarla en el sentido más amplio: no solo sentarme correctamente en el templo, sino estar siempre debidamente situado en el servicio devocional».

REVATĪNANDANA DĀSA: «Después del kīrtana, Prabhupāda señaló que comenzara el homa, el fuego de sacrificio. Aunque normalmente Pradyumna lo oficiaba, esta vez me llamó a mí, que ya tenía alguna experiencia con ceremonias en Londres. Sin embargo, llevaba meses sin hacerlas, y la tensión era máxima. Al comenzar a recitar los mantras, Prabhupāda me interrumpía cada vez que dividía mal los compuestos sánscritos, corrigiéndome con firmeza. La situación se volvió tan intensa que me puse tan nervioso que omití uno de los versos, y Prabhupāda decidió completar él mismo la recitación. Durante la ceremonia, Akṣayānanda —que además tomaba sannyāsa ese mismo día— permanecía de pie, rígido y tembloroso tras la severa reprimenda. El ambiente era tenso. En el homa, yo, zurdo, sostuve la cuchara de ghee con la mano izquierda y tuve que cambiarla apresuradamente bajo la desaprobadora mirada de Prabhupāda. Al terminar, Prabhupāda indicó que comenzara el kīrtana y, por primera vez en toda la tarde, esbozó una pequeña sonrisa hacia Akṣayānanda animándolo a relajarse y bailar».

AṢṬARATHA DĀSA: «Mientras todo esto sucedía, Nanda-kumāra y yo estábamos ocupados vistiendo a las Deidades detrás de la cortina de la sala del altar. Cuando por fin colocamos a Sus Señorías en el altar, nos dimos cuenta de que el dosel era demasiado pequeño, o mejor dicho, que las columnas que lo sostenían quedaban justo delante de Jagannātha y Baladeva. Nanda-kumāra

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pensó un segundo y dijo: “Tenemos que quitarlo”. Así que levantamos el dosel y lo retiramos del altar. Pero ¿dónde ponerlo? No había espacio. Tuvimos que sacarlo, y no quedaba otra que llevarlo a través de la abarrotada sala del templo, por encima de las cabezas de todos. Prabhupāda, que estaba dando la conferencia, observó sorprendido. Pero ahora la sala de las Deidades parecía bastante vacía. Solo estaba el altar y una pared desnuda al fondo. A un lado había un gran cuadro del Pañca-tattva apoyado contra la pared, y al mirarla se me ocurrió una idea. “¿Por qué no ponemos eso detrás del altar?”, sugerí. “Buena idea”, dijo Nanda-kumāra. Pero no había nada que pudiera sostener el cuadro, porque el altar no llegaba hasta la pared. La única solución era colocar algo en el suelo. Así que Nanda-kumāra asomó la cabeza entre las cortinas y gritó: “¡Traed libros!” Muchas cabezas se giraron sorprendidas. Como se necesitaban bastantes libros, hubo que formar una cadena humana para ir pasándolos hasta el altar. Cuando por fin se abrieron las cortinas, el conjunto se veía bastante aceptable, y Nanda-kumāra realizó el primer ārati para las Deidades. Para entonces el ambiente se había relajado e incluso se había vuelto festivo, con un kīrtana tremendo que hacía vibrar todo el edificio. Tras el ārati se repartieron enormes cantidades de halavā y Simply Wonderfuls a todos».

REVATĪNANDANA DĀSA: «Tras la ceremonia, Prabhupāda estaba a punto de subir al coche cuando le preguntó a su sirviente: “¿Has traído prasādam?” Nanda-kumāra le miró sorprendido. “Pensé que tomarías tu comida sencilla de siempre, en vez del festín”, dijo. “No”, respondió Prabhupāda, “esta es una instalación de Deidades. Quiero tomar mahā-prasādam. Por favor, tráeme un plato”. Así que Nanda-kumāra volvió al templo y regresó con un gran plato de mahā-prasādam. El tráfico de Ámsterdam hizo que el trayecto fuese brusco; varias veces el coche tuvo que frenar de golpe. En una de esas frenadas, el plato de prasādam cayó al suelo. Nanda-kumāra estaba en total ansiedad. Esperaba que Prabhupāda se olvidara del plato. Pero en cuanto llegamos al apartamento, Prabhupāda preguntó: “¿Dónde está el prasādam?” Su sirviente explicó lo ocurrido, pero Prabhupāda dijo: “Tráelo”. Nanda-kumāra lo recogió del suelo, lo volvió a poner en el plato y se lo llevó. Y Prabhupāda se lo comió todo, simplemente para mostrarnos la importancia del prasādam».

La ira de Prabhupāda había dejado una profunda impresión en los devotos de Ámsterdam, que se sentían sinceramente apenados de que su inexperiencia hubiese provocado su disgusto. Akṣayānanda Swami fue a disculparse, pero el ánimo de Prabhupāda ya había cambiado.

REVATĪNANDANA DĀSA: «Yo estaba sorprendido: después de haber mostrado tanta ira, ahora estaba tan sereno como una flor de loto. Le pregunté por ello, y Prabhupāda dijo: “Es para vuestra educación, no por mí. Un devoto no se enfada cuando le ofenden a él, pero cuando ve que el Señor o un devoto son ofendidos, muestra ira”. Entonces me surgió una pregunta. Sabía por experiencia en India y en otros lugares que jamás debía referirme a Prabhupāda como un devoto puro delante de él, porque una vez lo hice en India y él replicó con vehemencia: “¡No soy un devoto puro, soy un bellaco!”. Así que pregunté: “Prabhupāda, ¿puedes responderme algo sobre la conciencia de un devoto puro?” “Sí —dijo—, pregunta.” “En ocasiones parece que un devoto puro puede mostrar mucha ira, o estar feliz... ¿cómo le afecta realmente?” Yo pensaba en cómo él ahora no mostraba ni rastro de enfado. Prabhupāda respondió: “La conciencia de un devoto puro es muy profunda, es como el océano. En la superficie puede haber muchas olas agitadas, pero cuando desciendes unos pocos metros, encuentras que todo está quieto”. Entendí lo que quería decir al instante. Continuó: “Así es la conciencia de un devoto puro: tan profunda que nada la perturba realmente. Puede haber ondulaciones en la superficie, pero por debajo permanece muy, muy profunda y serena.” Pregunté: “¿Incluso en el momento de la muerte es así?” Y él dijo: “Sí”. Después, Prabhupāda se recostó en un diván para descansar un rato. Tumbado boca arriba, se abrazó las rodillas con las manos y se balanceó suavemente mientras cantaba en voz baja: “¡Haribol! ¡Haribol!”».