PRABHUPĀDA EN SCHLOSS RETTERSHOF
Tras regresar de la India, Hansadutta recibió un telegrama de Prabhupāda en el que le pedía que se hiciera cargo de los templos en Inglaterra. El representante local del GBC se había desviado hacia un dudoso negocio, y los responsables de los dos templos —Bhaktivedanta Manor y Bury Place— se enfrentaban a serios problemas. A Hansadutta le atraía la perspectiva de asumir la dirección del prestigioso yātrā británico. Prabhupāda había visitado Londres por primera vez en 1969, justo después de su visita de dos semanas a Hamburgo, y desde entonces había regresado cada año, a veces incluso dos veces al año, para estancias de varias semanas. Además, el Ratha-yātrā anual de Londres era el segundo en importancia después del de San Francisco. Y, pocos meses antes, George Harrison había donado Bhaktivedanta Manor, una gran finca a las afueras de Londres. Hansadutta quería algo similar: un templo que mostrara al mundo que el movimiento Hare Kṛṣṇa en Alemania se había vuelto respetable y sólidamente establecido bajo su liderazgo. Examinó varios edificios grandes, uno de ellos un famoso castillo, el Schloss Rheinstein, a orillas del río Rin. Pero el gobierno local se alarmó ante la perspectiva de que los devotos de Hare Kṛṣṇa ocuparan un edificio histórico, y actuó ofreciendo ayuda financiera a otro postor. Un castillo rural, Schloss Rettershof, estaba a solo veinte minutos en coche de Fráncfort, la capital financiera de Alemania. Se alzaba entre las colinas cerca de Königstein, un pueblo en el Taunus donde muchos banqueros y empresarios de Fráncfort tenían sus villas. Aunque el alquiler era alto y conseguir el lugar significaba cerrar los templos de la ciudad, Hansadutta se sintió tentado. El dinero no era un problema, y tenía un plan a largo plazo para establecer una comunidad agrícola. Pero por el momento quería concentrar sus fuerzas, formar equipos fuertes de saṅkīrtana y desbordar a la próspera sociedad consumista de Alemania Occidental con libros y discos de conciencia de Kṛṣṇa. Así que alquiló el lugar.
BHAKTI GAURAVANI GOSWAMI: «A principios de mayo, algunos devotos de Heidelberg, yo entre ellos, se trasladaron a Schloss Rettershof. El lugar había sido un internado. Nosotros, los traductores, transformamos rápidamente una habitación soleada del segundo piso en una oficina, mientras los demás comenzaban a renovar el resto del edificio. El plazo era la segunda semana de junio, cuando se esperaba que Prabhupāda visitara Alemania por primera vez desde 1969. En el plazo de un mes y medio, el castillo del siglo XIX fue convertido en un hermoso templo digno de acoger a las pequeñas Deidades de Rādhā-Kṛṣṇa que presidían en Hamburgo y a Su devoto puro. El vuelo de Prabhupāda procedente de París llegó a Fráncfort el domingo 16 de junio, alrededor de las once de la mañana. Más de un centenar de devotos de Alemania, Holanda e Inglaterra dieron la bienvenida a Su Divina Gracia y lo escoltaron hasta la sala VIP, donde se sentó en un gran vyāsāsana de color naranja brillante traído desde Ámsterdam. En Alemania, el único vyāsāsana existente, el de Hamburgo, era pequeño y poco impresionante, así que lo habíamos dejado en la sala de recepción de Schloss Rettershof. Mientras Hansadutta vertía sobre los pies de loto de Prabhupāda una mezcla de yogur, agua tibia y pétalos de rosa, Gaṇanātha sostenía sobre la cabeza de Prabhupāda un enorme paraguas multicolor. Himavatī y las chicas habían terminado de confeccionarlo tan solo la noche anterior, en un auténtico maratón de costura».
Prabhupāda en Schloss Rettershof
NIKUÑJAVĀSIṆĪ DĀSĪ: «El día que conducimos desde Ámsterdam hasta Fráncfort yo estaba llena de ansiedad. Al ponerme una lentilla me había hecho algo en el ojo izquierdo, que no dejaba de lagrimear y me dificultaba la visión. Además, me había torcido un tobillo y tenía dificultades para caminar, qué decir para bailar en el kīrtana. Mi servicio en Ámsterdam consistía en limpiar la sala del templo y, después, terminaba mis rondas sentada junto al vyāsāsana de Prabhupāda. A menudo me apoyaba en él y me sentía completamente resguardada a sus pies. Era como estar con mi padre y recibir su protección. Luego, ese mismo vyāsāsana fue enviado a Alemania. Llegamos un poco tarde al aeropuerto y Prabhupāda ya estaba dando su discurso de llegada. Cuando lo miré por primera vez desde la distancia, no podía verlo bien; pero en cuanto vi el vyāsāsana y a Prabhupāda de nuevo, mi vista regresó. Ya no había más lágrimas y podía ver con claridad. Fue como si mi “imagen” de Prabhupāda cobrara vida, su imagen en el vyāsāsana, donde lo veía como a mi padre. ¡Qué experiencia tan maravillosa! Mi “imagen” se movía y hablaba; era mi mismo Prabhupāda. En cuanto lo vi, aunque estaba lejos, me sentí tan cerca de él que pensé: “Aquí está mi verdadero padre”. Me sentí completamente en casa, como una niña perdida que ha encontrado a su padre».
RAMBHORŪ DĀSĪ: «Pensaba que un espiritualista tenía que llevar el pelo largo y barba, como Jesús, así que me sentí un poco decepcionada cuando vi en fotografías que Prabhupāda no tenía pelo. Además, era un hombre mayor y no tenía nada de romántico. Pensé: “Cuando vea a Prabhupāda en persona, podré comprenderlo”. Creía que estaba espiritualmente afinada y que podría descifrarlo simplemente con mirarlo. Cuando Prabhupāda llegó, me sorprendió lo bajo que era. Aun así, yo lo percibía como alguien grande e importante. Pero, como estaba engreída, no tenía acceso a él. Al darme cuenta de que no podía penetrarlo, me sentí avergonzada y pensé: “Si me ve, se dará cuenta de que estoy engreída”. Así que ideé un plan para esconderme entre la multitud y, al mismo tiempo, poder mirarlo bien. El vyāsāsana estaba sobre una plataforma y, justo delante de él, a unos diez metros, había un sofá para los periodistas. Los devotos se habían reunido alrededor del sofá formando un semicírculo. Un devoto abanicaba a Prabhupāda con un cāmara, otro sostenía un enorme parasol, Hansadutta estaba lavando los pies de Prabhupāda, y yo me escondía detrás del sofá, asomándome por encima del respaldo. Prabhupāda miraba a su alrededor, reconociendo a los devotos que conocía. Y cada vez que miraba en mi dirección, sentía que estallaba por dentro, como cuando revientas un forúnculo y sale toda la porquería. Fue la primera vez que alguien me humilló de una manera realmente beneficiosa. Prabhupāda purificó y ablandó toda la basura de mi corazón, y yo simplemente rompí a llorar. Al final, me sentí agradecida».
CAKRAVARTĪ DĀSA: «Después de la rueda de prensa escoltamos a Prabhupāda hasta un Mercedes blanco alquilado. Nuestra flota de furgonetas iba abriendo paso, con las luces encendidas y los cláxones sonando. Habíamos montado un altavoz en una de las furgonetas, y de cuando en cuando, un devoto anunciaba la llegada de Prabhupāda. El resto del tiempo, una cinta de kīrtana llenaba el aire de sonido trascendental. Para anunciar su visita, habíamos colocado carteles en los pueblos del trayecto, y al atravesarlos la gente se alineaba en las calles o saludaba desde las ventanas, igual que durante la visita de un jefe de Estado».
SATSVARŪPA DĀSA GOSWAMI: «Mientras viajábamos hacia el castillo, Prabhupāda se sentía feliz. “Mi corazón se llenará de júbilo cuando oiga una mṛdaṅga en una aldea alemana”, había dicho Bhaktivinoda Ṭhākura. Citó la afirmación del Señor Caitanya de que en cada pueblo y aldea se oirá el santo nombre. Dijo: “Nuestra meta es un movimiento mundial. En realidad, tenemos comunidades por todo el mundo, pero nuestro movimiento sigue siendo muy, muy pequeño. Se expandirá, y todo el mundo podrá unirse bajo Kṛṣṇa para vivir en paz”. Prabhupāda permaneció en silencio, y después de un rato continuó: “La única objeción que la gente tiene hacia nosotros es que intentamos impedir que vayan al infierno; por eso nos malinterpretan. Es como cuando un hombre vuela una cometa en un tejado y ves que está en gran peligro, a punto de caerse. Pero se enfada cuando le dices: ‘¡Cuidado! ¡Estás en peligro!’. Cualquier caballero hablará si ve a otro precipitarse hacia el peligro. Pero ellos objetan: ‘¿Qué? ¿Por qué restringes mi libre movimiento?’ Un solo mundo bajo Kṛṣṇa. No buscamos dominar, sino liberar a la gente de la muerte, la vejez y la enfermedad”».
Prabhupāda en Schloss Rettershof
ACCHEDYA DĀSA: «Tuve la buena fortuna de ser el chófer de Prabhupāda. Mientras los devotos lo recibían en el aeropuerto, yo esperaba junto al Mercedes. Cuando Prabhupāda salió por la puerta, su efulgencia y su poderosa presencia espiritual me sobrecogieron, y al ofrecerle mis reverencias, los ojos se me llenaron de lágrimas. Durante el trayecto, Prabhupāda tenía el pie derecho colocado de tal manera que no podía evitar tocarlo cuando cambiaba de marcha. Al cabo de un rato, retiró el pie y me miró con una sonrisa. Cuando llegamos al Schloss, estaba empapado en sudor y aliviado por haberlo llevado a salvo».
ŚACĪNANDANA SWAMI: «Cuando Prabhupāda venía de visita, los devotos solían estar pintando hasta el último minuto, y nosotros no éramos una excepción. La noche anterior trabajé muchas horas rascando manchas de los escalones de la entrada principal. Pensaba: “Prabhupāda pronto pondrá aquí sus pies, y todo tiene que estar perfectamente limpio”. Cuando por fin todos los escalones quedaron impecables, me sentí realmente orgulloso de mi trabajo. Pero al día siguiente, mi apego quedó destrozado, porque Prabhupāda entró al castillo por la puerta lateral. Aun así, mi decepción no pudo disminuir la alegría de tener por fin con nosotros al devoto puro de Kṛṣṇa. Prabhupāda subió inmediatamente a sus habitaciones, y nosotros nos volcamos en la sala central para sumergirnos en un resonante kīrtana. Las olas del kīrtana crecían cada vez más; entonces, el sirviente de Prabhupāda se asomó por la barandilla de madera e hizo un gesto para que subiéramos. Aunque las habitaciones de Prabhupāda no eran especialmente amplias, nos apiñamos todos dentro. Prabhupāda dijo que a lo largo de su vida siempre había dado lo mejor de sí para satisfacer a Kṛṣṇa: “Incluso en mi vejez, sigo empujando hacia adelante. Nunca fui como los sirvientes de Calcuta, que durante el día se van a un parque a dormir. Y cuando regresan y sus amos les preguntan: ‘¿Qué has hecho todo el día?’, responden: ‘Estaba ocupado. Te he servido todo el día’”. Prabhupāda se rió y añadió: “Yo nunca fui así”».
BHAKTI GAURAVANI GOSWAMI: «Después de decir esto, Prabhupāda se quitó el collar de flores e hizo que alguien lo colocara sobre un cuadro de Rādhā y Kṛṣṇa que colgaba en la pared. Se produjo un breve silencio mientras permanecíamos sentados mirándolo expectantes. Su secretario, Satsvarūpa
Mahārāja, entró en la habitación con una pieza de equipaje. Luego salió y regresó unos instantes después con más equipaje. Prabhupāda dijo: “Siempre debéis estar ocupados como él”. Esa fue la señal clara: no tenía sentido quedarse sentado sin hacer nada. Así que ofrecimos nuestras reverencias y volvimos a nuestros deberes».
NIKUÑJAVĀSIṆĪ DĀSĪ: «Aquella tarde, Prabhupāda dio iniciaciones en el jardín detrás del Schloss. Con la esperanza de ser iniciada, me senté entre los muchos devotos que estaban frente a los platos con plátanos y collares de cuentas. Mi situación era un poco confusa, porque acabábamos de cambiar de presidente del templo. Pṛthu, nuestro nuevo presidente, me llamó Nandā (mi nombre occidental es Nanya). Tal vez me llamó Nandā solo para halagarme, pero creo que tenía la impresión de que yo ya estaba iniciada, así que no me puso en la lista. Yo no lo sabía. Pero cuando llegó el momento de que alguien me colocara el collar de cuentas, uno de los brahmacārīs holandeses me lo puso y yo pensé que todo estaba bien. Los devotos fueron llamados por países, y Prabhupāda era muy estricto con el procedimiento. Explicó: primero uno debía ofrecer daṇḍavats (incluso las mujeres), no directamente de frente, sino un poco de lado; luego sentarse y recitar los principios regulativos y “al menos dieciséis buenas rondas cada día”. Prabhupāda corregía los errores de los devotos. Yo pensaba: “Cuando me toque a mí, no quiero cometer ningún error”. Observaba atentamente a cada devoto que pasaba al frente. No me di cuenta de que se estaba llamando por templos, porque Ámsterdam era el primero de la lista. Pronto ya habían llamado a todos los devotos de los demás templos. Entonces las iniciaciones llegaron a su fin, y me di cuenta de que yo no había estado en la lista. Un devoto holandés, Vidāṅga, advirtió mi aprieto y avisó rápidamente a Satsvarūpa Mahārāja de que se habían olvidado de mí. Así que me llamaron. Ofrecí mis daṇḍavats y recité los cuatro principios. Luego le entregué a Prabhupāda una bolsa de cuentas que yo había hecho para él como mi gurudakṣiṇā. Él me indicó que se la entregara a Satsvarūpa Mahārāja y después me dijo: “Tu nombre es Nikuñjavāsiṇī. Es un nombre muy bonito; es el nombre de una de las gopīs”. Aunque no había entendido el nombre, me sentí feliz y pensé: “¡Mira! Esperé hasta el final y recibí el mejor nombre”. Sentí como si Prabhupāda me
Prabhupāda en Schloss Rettershof
hubiera concedido un favor especial. Así que ofrecí nuevamente mis daṇḍavats y regresé a mi sitio. Pero durante días no supe cuál era realmente mi nombre. Cuando los devotos me preguntaban cómo me llamaba, no sabía qué decirles. Les respondía: “Es el nombre de una gopī”. Finalmente, tres días después, se colgó una lista de los iniciados, y copié mi nombre en un trozo de papel. Después de darnos la iniciación, Prabhupāda regresó a sus habitaciones y Hansadutta dio una charla. Dijo que Prabhupāda había comentado que una mujer debía ir tan bien cubierta que ni siquiera el sol debía verla. Tras la charla, cuando hicimos kīrtana, con los devotos corriendo en círculos alrededor del fuego bajo el sol ardiente de la tarde, yo hacía todo lo posible por cubrirme siempre la cabeza. Pensaba que eso complacería a Prabhupāda».
ŚILPAKĀRIṆĪ DĀSĪ: «Había recibido la segunda iniciación y, después del sacrificio de fuego, a los iniciados por segunda vez nos pidieron que subiéramos a las habitaciones de Prabhupāda para recibir el Gāyatrī mantra. Nadie me explicó qué tenía que hacer, y cuando Satsvarūpa Mahārāja me llamó, estaba temblando de nervios. Después de ofrecer reverencias, me senté de rodillas junto a la puerta y esperé. Me encontré sola con Prabhupāda porque Satsvarūpa Mahārāja había salido. Prabhupāda levantó la vista desde detrás de su escritorio y dijo: “Acércate”. Avancé un poco de rodillas. “Más”, dijo, y avancé uno o dos palmos. “¡Más!”, insistió pacientemente, y volví a acercarme. Tras haberme llamado una vez más y ver que aún estaba solo a mitad de camino de donde él se sentaba, finalmente dio unas palmadas en el suelo a su lado y dijo: “Ven, siéntate aquí”. Así que me levanté y me senté junto a él. Pensé que era maravilloso estar tan cerca de Prabhupāda. Pero de inmediato me controlé y pensé: “Él es un sannyāsī; no deberías pensar así”. Prabhupāda estaba sobrio y serio. Me mostró una hoja de papel con los mantras escritos, señaló cada palabra y me pidió que los repitiera después de él. Después de mostrarme cómo contar los mantras con los dedos, me preguntó si podía traerle un poco de pasta de sándalo para su dolor de cabeza. Como yo había estado ayudando en la cocina casi todos los días, sabía que no teníamos sándalo, ni siquiera para las Deidades. Se lo dije a Prabhupāda. Pero probablemente pensó que no entendía bien el inglés, así que me pidió que fuera a buscar a Himavatī. Le di las gracias, ofrecí reverencias y salí corriendo a buscar a Himavatī. Cuando le conté lo que había pasado, se disgustó conmigo. Ella era la responsable del nivel del servicio a las Deidades, y mi “manera inapropiada de hablar” la había avergonzado delante de Prabhupāda. Pero enseguida se preocupó por su bienestar. En su habitación tenía colgada en la pared una gran japa-mālā, tallada en sándalo de primera calidad, que servía tanto de adorno como para dar un aroma agradable a la estancia. Sacrificó esas cuentas. Prabhupāda recibió un poco de pasta para aliviar su dolor de cabeza, y Aṣṭaratha, el pūjārī principal, obtuvo el resto del sándalo para las Deidades».
Había sido un día lleno de acontecimientos, pero cuando Hansadutta le dijo a Prabhupāda que los devotos estaban deseosos de oírlo hablar, él accedió a dar una breve charla sobre la Bhagavad-gītā esa misma noche. Escogió los cinco primeros versos del segundo capítulo, en los que Kṛṣṇa y Arjuna discuten el valor de luchar en la batalla. Después de que Satsvarūpa Mahārāja cantara los versos en sánscrito, Prabhupāda subrayó la instrucción de Kṛṣṇa de que cada cual debe cumplir su deber prescrito sin considerar la ganancia o la pérdida personales: Este es el planteamiento de la Bhagavad-gītā, pero el propósito real es instruir a Arjuna en la comprensión espiritual. Comprensión espiritual significa, ante todo, saber qué es el espíritu. Si no sabemos qué es el espíritu, ¿dónde está nuestra comprensión espiritual? Las personas están demasiado absortas en el cuerpo. A eso se le llama materialismo. Pero cuando comprendemos el espíritu y actuamos en consecuencia, eso se llama espiritualismo. El concepto corporal de la vida es una necedad. Ningún hombre erudito toma el cuerpo en seria consideración. Por eso, en la literatura védica se dice: «Aquel que tiene un concepto corporal de la vida no es más que un animal». Hoy en día, sin conocimiento del ser, todo el mundo sigue adelante bajo el concepto corporal de la vida. El concepto corporal de la vida existe entre los animales. Los gatos y los perros están orgullosos de convertirse en un gran gato o un gran perro. Del mismo modo, si un hombre se enorgullece de ser un gran americano o un gran alemán, ¿cuál es la diferencia? Pero eso es exactamente lo que ocurre, y por eso los hombres luchan como gatos y perros.
Prabhupāda en Schloss Rettershof
A la mañana siguiente, un grupo de discípulos aguardaba en la entrada lateral del castillo para acompañar a Prabhupāda en su caminata. El aire de la mañana de mediados de junio aún era fresco, y Prabhupāda llevaba su gorro y su chadar durante su primer paseo matutino junto a los amplios campos de maíz que se extendían desde Schloss Rettershof hasta el cercano pueblo de Fischbach. La conversación giró en torno al tema que había tratado la noche anterior: la necedad de aceptar el cuerpo como el todo. Este cuerpo, esté vivo o muerto, no es una cosa muy importante. Pero hay que ver —todo el mundo va detrás de este cuerpo. Kṛṣṇa dice: «El cuerpo, esté muerto o vivo, no es un asunto digno de seria consideración». ¿Y para qué se afana el mundo? Simplemente por la comodidad del cuerpo. Cuerpo significa sentidos. Para la gente de Occidente es muy difícil entender que el cuerpo no es lo importante sino que el alma es lo importante. Explicó que, sin comprender el alma, no es posible comprender a Dios, porque el alma es una parte diminuta de Dios. Refiriéndose a los científicos modernos, dijo: Simplemente tratan de encubrirlo: «No hay alma. No hay alma. La vida se genera a partir de la materia», aunque no pueden demostrarlo. Un paraíso de necios. Los necios explican la fuerza vital de algún modo, y otros necios lo aceptan. Esa es la situación de Europa y América. Es un paraíso de necios. Es un paraíso, sin duda —edificios muy, muy grandes y progreso—, pero todos son sinvergüenzas y necios. Paraíso de necios. Los rayos del sol de primera hora de la mañana iban ganando fuerza poco a poco y evaporaban el manto de niebla que cubría el valle. Contemplando las colinas onduladas cubiertas de maíz, Prabhupāda denunció la idea necia de la superpoblación: Si a la naturaleza le place, puede producir tres o cuatro veces la producción actual. Prakṛteḥ kriyamānāni guṇaiḥ karmāni: después de todo, es la naturaleza la que produce. Pero nosotros no sabemos cómo relacionarnos con la naturaleza. Por eso hay cierta escasez. Y decimos «superpoblación». No hay tal cosa como «superpoblación». Hay cientos y miles de pájaros en los bosques y otros muchos animales. Ellos no tienen problemas de superpoblación.
Animó a Hansadutta a convertir el Schloss en un modelo de vida sencilla y pensamiento elevado: «Esto debe ser ejemplar: que nuestra comunidad viva de esta manera y ahorre tiempo para el progreso espiritual. Este ejemplo debe mostrarse a todo el mundo. ¿Es posible?».
Ante la respuesta afirmativa de Hansadutta, continuó: Los devotos no hacen ninguna industria. No matan vacas. No van al cine. No tienen sexo ilícito. No beben. Ningún problema. Simplemente comen muy bien y cantan Hare Kṛṣṇa. Mostrad este ejemplo al menos en este paraíso de necios. Ellos creen que es un paraíso, y ese paraíso se pierde cada diez o quince años a base de bombardeos. Alemania bombardea a Francia, y Francia bombardea… Ese es su paraíso. Así que hacedles entender: «Sois todos necios. Lo vuestro es un paraíso de necios. Esto es la vida, lo que nosotros estamos haciendo». Enseñadles para que los necios comprendan qué es la vida. Mādhavānanda, que había venido desde Inglaterra para ver a Prabhupāda, mencionó que en Gran Bretaña y en América cada vez más gente apoyaba el control de natalidad para frenar la superpoblación. Prabhupāda puso al descubierto el verdadero motivo: «No, no es superpoblación. No quieren cuidar de hijos. Ese es su problema. No es una cuestión de superpoblación. Quieren seguir siendo libres y disfrutar de la vida, eso es todo. No quieren responsabilidad». *** Después del desayuno, Hansadutta llevó a Prabhupāda a dar una vuelta por el castillo. El edificio de cuatro plantas, con más de cincuenta habitaciones, estaba lleno hasta los topes durante la visita de Prabhupāda y, por la mañana temprano y por la noche, se asemejaba a una colmena. Pero ahora el lugar estaba en silencio, porque la mayoría de los devotos habían salido al saṅkīrtana.
MAṆIMAÑJARĪ DĀSĪ: «Subía por las escaleras de la cocina justo cuando Prabhupāda y Hansadutta bajaban. No me di cuenta de su presencia hasta que estuve a punto de chocar con ellos. Cuando de pronto vi a Prabhupāda, me tiré al suelo y ofrecí mis reverencias. Oí a Prabhupāda reírse suavemente y decir: “¡Jaya!”. Cuando me levanté, él ya había entrado en la cocina».
Prabhupāda en Schloss Rettershof
ŚACĪNANDANA SWAMI: «Estaba agotado por todo el trabajo y la emoción, y después del desayuno tuve que echar una siesta. Nosotros, los traductores, nos quedábamos en una habitación grande y trabajábamos en mesas bajas. Así que me tumbé detrás de mi mesa y estaba a punto de dormirme cuando se abrió la puerta y escuché la voz de Prabhupāda. Lo primero que me vino a la mente fueron sus palabras a su llegada: que siempre debíamos estar ocupados y no perder el tiempo durmiendo todo el día. Y allí estaba yo, durmiendo como un perezoso e irresponsable necio. Me sentí realmente mal. Pensé que quizá Prabhupāda no me notaría, porque estaba detrás de la mesa. Pero entonces me reprendí a mí mismo: “Vamos, no puedes engañar a Prabhupāda”. Así que me incorporé y vi que él parecía divertido. Me sentí aliviado. Sin duda sabía que yo me sentía mal, pero cuando sonrió, yo también sonreí, y todo quedó bien».
BHAKTI GAURAVANI GOSWAMI: «Acabábamos de recibir las galeradas de Las enseñanzas del Señor Caitanya. Yo estaba corrigiéndolas cuando entraron Prabhupāda y Hansadutta. Hansadutta nos presentó y explicó cómo hacíamos la traducción, la edición y la corrección. Luego Prabhupāda me preguntó en qué estaba trabajando. —Las enseñanzas del Señor Caitanya —respondí. Le mostré las pruebas. —Lee —dijo. Me sorprendí un poco, porque Prabhupāda no entendía alemán. Mientras leía durante un minuto aproximadamente, Prabhupāda escuchaba con una gran sonrisa. Saber que un libro estaba listo para publicarse era para él la mayor satisfacción. Bhaktisiddhānta Sarasvatī Ṭhākura le había ordenado distribuir el mensaje del Señor Caitanya en inglés, pero Prabhupāda llevó esa instrucción aún más lejos. A través de sus discípulos, quería publicar y distribuir sus libros en todas las lenguas del mundo».
SATSVARŪPA DĀSA GOSWAMI: «Tenía una fiebre alta y un gran forúnculo en la pierna. Al día siguiente de nuestra llegada estaba masajeando a Prabhupāda, y él notó que mis manos estaban muy calientes. Cuando le dije que tenía fiebre, me pidió que dejara de masajearle y que llamara a otra persona. Así que recluté a un joven brahmacārī que estaba justo fuera de la puerta».
ŚACĪNANDANA SWAMI: «Cuando Satsvarūpa Mahārāja preguntó: —¿Hay alguien que pueda masajear a Prabhupāda? Yo dije: —Śivānanda sabe hacerlo. Intenté encontrar a Śivānanda, pero acababa de salir hacia la ciudad. Mahārāja concluyó: —Entonces tendrás que masajear tú a Prabhupāda. Me ha enviado a descansar porque tengo fiebre. Nunca había masajeado a nadie. Y me daba muchísimo miedo tocar a Prabhupāda. Cuando entré en su habitación, estaba rojo, sudando y temblando. Prabhupāda me miró, hecho un montón de miseria, y dijo con voz profunda: —Simplemente cumple con tu servicio. Se sentó en una estera, con su gamchā, y con una botella de aceite de mostaza a su lado. Me dijo que empezara moviendo las manos por su espalda. Ante mis tímidos apretones, exigió: —¡Más fuerte! Empujé con todo mi peso, y Prabhupāda parecía tan inmóvil como una montaña. Al rato, me miró y me preguntó: —¿Cuál es tu servicio? —Estoy intentando traducir tus libros, Prabhupāda. —¿Qué estás traduciendo? —preguntó. —El libro de Kṛṣṇa. —¡Oh! —dijo Prabhupāda. Pareció complacido y preguntó: ¿Cuántas páginas al día? Le dije inmediatamente mi mejor marca: —Veinte páginas, en los días buenos. Prabhupāda movió la cabeza con satisfacción. Entonces me mostró cómo masajearle los brazos, el pecho y la cabeza. Después de un rato, se detuvo y me miró: —Un devoto debe ser cuatro cosas: un buen discípulo, un buen maestro, un aguador y un buen cocinero. Pensé que entendía por qué uno debía ser un buen discípulo, un buen maestro y un buen cocinero, pero ¿por qué un aguador? Más tarde comprendí que en los pueblos de la India, cuando hace falta agua, los aguadores van a
Prabhupāda en Schloss Rettershof
buscarla. De ese modo sirven a los demás. Del mismo modo, los devotos están destinados a servir a otros. Parecía que el masaje duraba mucho tiempo, y durante todo ese rato mis pensamientos se concentraban en un solo deseo: ¿me permitiría Prabhupāda masajearle sus pies de loto? Es un privilegio tocar los pies de un devoto puro, porque de ellos se obtiene toda bendición. Como si conociera mi deseo, Prabhupāda puso sus pies en mi regazo. Los masajeé con el máximo cuidado, pero con pleno entusiasmo. Mientras le masajeaba las manos, Prabhupāda me pidió que le hiciera crujir los nudillos. Cuando tiré de las articulaciones y sonaron con un fuerte chasquido, él simplemente sonrió. Como sus dedos eran tan delicados, yo tenía miedo, pero a él le gustaba que los estirara con un poco de fuerza. Luego indicó que el masaje había terminado. Ofrecí daṇḍavats y salí de la habitación. Estaba exultante y agradecido porque Prabhupāda me había permitido acercarme a él de esta manera. Me sentía tan feliz que, durante el resto del día, me interné en el bosque y simplemente canté el santo nombre».
Por la tarde, vino una mujer de visita. Presentándose como filósofa, explicó que su meta era alcanzar la paz perfecta después de la muerte. Cuando Prabhupāda le preguntó si todo el mundo obtendría esa paz, ella respondió que sí. Pero matizó su respuesta cuando Prabhupāda le preguntó si los gatos y los perros podían esperar el mismo destino. Entonces dijo que solo la existencia del ser humano tiene una dimensión espiritual, mientras que los animales viven por instinto. Prabhupāda señaló que el hombre moderno vive exactamente como un animal, interesado únicamente en comer, dormir, aparearse y defenderse. Pero la mujer argumentó que el hombre se distingue por una inteligencia superior. Prabhupāda no aceptó su argumento: —Cuando el hombre come y el animal come, ya sea que lo haga por instinto o por inteligencia, ¿dónde está la diferencia? Ella sugirió que nuestra civilización avanzada, con sus bonitos edificios, era distinta, pero Prabhupāda no quedó impresionado: —Un edificio tan bonito, y su enemigo le tira una bomba. Pero los perros no hacen eso. Entonces, ¿quién es avanzado, el perro o el hombre?
Cuando ella admitió que el ser humano a veces usa su inteligencia para destruir, él la interrumpió: —Entonces, ¿de qué sirve tener una inteligencia mejor que la del perro? La mujer se puso incómoda. Se encontró a la defensiva frente a la lógica de Prabhupāda. Aventuró: —El hombre ha recibido su inteligencia de Dios, pero puede malutilizarla. Prabhupāda preguntó: —¿Pero Dios le dio la inteligencia para hacer el mal? —No —admitió ella—. Eso es culpa de la humanidad. —Por lo tanto —concluyó Prabhupāda—, el mal uso de la inteligencia le causará sufrimiento. Ahora bien, supongamos que un tigre mata a un animal, y que un hombre mata a miles de animales cada día en el matadero. ¿No es pecador? Cuando ella aceptó su punto de vista y mencionó el mal como causa, Prabhupāda remató su argumento: —Por lo tanto, la conclusión es que el supuesto hombre inteligente simplemente está malutilizando su inteligencia. Y cuando la malutiliza, es peor que los gatos y los perros. Sí. Y entonces, después de la muerte, ¿cómo va a estar en paz? Aunque derrotada, la mujer volvió a expresar su convicción: —Todo hombre obtendrá esa paz, incluso los malos. Prabhupāda abrió mucho los ojos. —¿Los hombres malos también obtendrán la paz? —preguntó. —Sí —insistió ella. Prabhupāda simplemente se echó a reír, incrédulo, y después de que ella se marchara, dijo a los discípulos presentes: —¡Mirad qué filosofía tan disparatada!
MAṆIMAÑJARĪ DĀSĪ: «A la mañana siguiente, mientras tomábamos el desayuno, Hansadutta vino a la sala de prasādam y nos dijo que Prabhupāda había preguntado por el menú de los devotos durante el saṅkīrtana. Cuando se le dijo que comprábamos panecillos y pan en las panaderías, se preocupó. Instruyó a Hansadutta para que nos transmitiera que bajo ninguna circunstancia debíamos comer granos preparados por no devotos. Más bien, el
Prabhupāda en Schloss Rettershof
templo debía hornear el pan o hacer capātīs que los devotos pudieran llevar consigo. No habíamos pensado en usar levadura para hacer subir la masa. Nuestros primeros intentos de hornear pan fueron un fracaso. Como los alemanes no pueden vivir sin su ración diaria de pan fresco y crujiente, se consultó a Prabhupāda sobre el uso de la levadura. Cuando oyó que la levadura es la forma seca de un hongo unicelular, dijo que estaba bien, pero que no debíamos ofrecer ese pan a las Deidades».
NIKUÑJAVĀSIṆĪ DĀSĪ: «Yo estaba ayudando a hacer purīs y capātīs mientras Prabhupāda estaba en Schloss Rettershof. Himavatī y Kauśalyā cocinaban para él. Un día le llevaron capātīs que no se habían inflado. Él las reprendió: “Sois mis discípulas más antiguas, ¿y ni siquiera sabéis hacer que los chapatis se inflen? Eso significa que no hay cualificación. ¿Cómo podéis traerlos a vuestro maestro espiritual?” Y no se los comió».
Cada mañana, después del desayuno de Prabhupāda y su siesta, Hansadutta lo escoltaba a una pequeña habitación que había sido convertida en estudio de grabación. Estaba conectada con la sala contigua por una ventana corredera, donde Uthāla había instalado una pequeña mesa de mezcla y un par de grabadoras Revox de dos pistas. Prabhupāda aceptó de buen grado la petición de Hansadutta de pasar cada mañana media hora en el estudio cantando sus canciones vaiṣṇavas favoritas. Tocaba un armonio Laxmi Flute fabricado en Agra; Hansadutta lo acompañaba con la mṛdaṅga y Himavatī, Cakravartī, Purujit y Vedavyas tocaban los karatālas. Después de cada sesión, Prabhupāda entraba en la sala de control y escuchaba la grabación. Cerraba los ojos y se sentaba en silencio, escuchando en profunda meditación. Harernāmānanda entró varias veces y tomó fotografías. Dos primeros planos de Prabhupāda escuchando las grabaciones se utilizaron más tarde como portadas del álbum doble Kṛṣṇa Meditation.
CAKRAVARTĪ DĀSA: «Prabhupāda seleccionaba personalmente las canciones. Tenía un pequeño cancionero vaiṣṇava escrito en bengalí, y Akrūra pasaba las páginas a una señal suya —una leve inclinación de cabeza—. Antes de cada grabación, Prabhupāda pasaba unos minutos en el armonio calentando y creando el estado de ánimo particular para la canción que iba a cantar».
BHAKTI GAURAVANI GOSWAMI: «Aquello no tenía ninguna comparación con las sesiones de grabación habituales. A Prabhupāda no le preocupaba en absoluto ensayar para asegurar un resultado técnicamente perfecto. Tampoco le importaba que sonidos accidentales quedaran registrados en la cinta, como carraspear o que la voz se le quebrara. Simplemente comenzaba a cantar, y cualquier sonido que saliera espontáneamente —eso era todo. Durante una de las canciones, Prabhupāda se detuvo de repente. Se volvió hacia Hansadutta y le preguntó: —¿No sabes tocar la mṛdaṅga? Con un gesto de la mano indicó a su discípulo, visiblemente desconcertado, que quería el tambor, y entonces le mostró cómo quería que se tocara. Interpretó la combinación clásica de golpes que había enseñado a todos al principio: ta ti, ri-ti-ri-ti ta, ka-ti-ta, ka-ti-ta, ge, dhin dha, dhin ta, ge-ta. —Así —dijo, y le devolvió el tambor. Este episodio me enseñó una lección. Técnicamente hablando, Hansadutta no había tocado mal; era un músico experto y tocaba la mṛdaṅga mejor que cualquiera de nosotros. Pero cuando tocaba a su manera, a Prabhupāda no le gustaba. Dejó claro que prefería la forma estándar, aunque fuera sencilla, antes que unos intrincados “fuegos artificiales de percusión”».
En la tarde del tercer día de la visita de Prabhupāda, se celebró una rueda de prensa en la sala de recepción del castillo. Prabhupāda se sentó en «el vyāsāsana alemán», una tarima simple de madera pintada de blanco y sin respaldo. Había sido construida para colocar su fotografía. Nadie había imaginado que él se sentaría realmente allí algún día. Por eso apenas tenía el ancho suficiente para acomodarlo.
NIKUÑJAVĀSIṆĪ DĀSĪ: «Cuando supe que Prabhupāda iba a ofrecer una rueda de prensa y que estábamos invitados, bajé temprano. En la sala solo había dos o tres periodistas. En una esquina estaba el asiento de Prabhupāda, y delante había filas de sillas. Sintiéndome un poco tímida, me senté simplemente en el suelo, en la esquina opuesta, y esperé. A medida que los devotos iban entrando,
Prabhupāda en Schloss Rettershof
comenzaban a ocupar las sillas. Entonces Prabhupāda entró en la sala. Cuando vio a sus discípulos sentados en las sillas, les indicó que debían sentarse en el suelo, aunque la mayoría de las sillas estaban vacías porque solo habían venido unos pocos periodistas más. Después de esto me quedó claro que un discípulo siempre debe adoptar una posición humilde ante su maestro espiritual y nunca sentarse al mismo nivel. Naturalmente, me sentí bien de ya estar sentada en el suelo y de haber actuado de una manera que complació a Prabhupāda».
Por la tarde, Prabhupāda volvió a hablar sobre la Bhagavad-gītā. Esta vez eligió el texto 13 del segundo capítulo: dehino ’smin yathā dehe kaumāraṁ yauvanaṁ jarā. Justo cuando empezó a explicar su significado, un niño comenzó a llorar. Prabhupāda sonrió con una ligera risa. Por lo general, se irritaba cuando lo interrumpían mientras daba clase. Cuando los devotos vieron que su maestro espiritual aceptaba la molestia con naturalidad, se sintieron aliviados y también rieron. Prabhupāda utilizó el llanto del niño para ilustrar un punto: Así que, por un lado, ganancia; por otro lado, pérdida. Por un lado, consigues un hijo; y por el otro, no puedes quedarte para escuchar la clase. Este es el mundo material. En cuanto obtienes alguna ganancia aquí, por otro lado hay una pérdida. En cuanto quieres construir un gran rascacielos, por otro lado hay que cavar la tierra. Prabhupāda señaló la insensatez del hombre moderno, que se dedica a «cavar y amontonar», sin cuestionar jamás la utilidad de su empeño. El hombre nunca considera que pronto tendrá que dejar su cuerpo contra su voluntad, y no muestra ningún interés por el mensaje de la Bhagavad-gītā de que no somos el cuerpo, sino el ocupante que hay dentro. Luego explicó que la palabra «ocupante» es en realidad más apropiada que la palabra «propietario»: Cuando alquilamos una casa, el propietario es otra persona. El inquilino es el ocupante, no el propietario. Así pues, yo, el alma espiritual, no soy el propietario de mi cuerpo. Solo soy un ocupante. Los materialistas necios no saben que el propietario es la Suprema Personalidad de Dios y que Él me da un determinado apartamento según mi capacidad para pagar el alquiler. Esta es mi posición. De lo contrario, ¿por qué no recibe todo el mundo un cuerpo de primera clase —el cuerpo de un rey o de un hombre rico? Sin embargo, vemos que un niño nace y de inmediato es un hombre rico, mientras otro niño nace en el mismo instante y es muy pobre. ¿Por qué? ¿No hay entonces ningún arreglo? La razón es que si puedo pagar un alquiler más alto, me traslado a otro apartamento muy lujoso. Y si no puedo pagar el alquiler alto, entonces tengo que mudarme a otro apartamento más barato. A continuación, Prabhupāda describió cómo el entorno influye en nuestra conciencia: Un hombre pobre que vive en una choza o un apartamento sucio tiene un tipo de mentalidad; un caballero respetable que vive en una casa muy bonita tiene otra. Así que, según las circunstancias, se producen cambios mentales, aunque ambos hombres son seres humanos. Del mismo modo, existen tantos apartamentos, es decir, distintos tipos de cuerpos: 8.400.000 tipos de cuerpos. El ocupante, la entidad viviente, el alma, es de la misma cualidad, pero según el apartamento o el cuerpo que ha ocupado, ha desarrollado una determinada conciencia y mentalidad. Recordó a su joven audiencia que haber nacido en un país desarrollado como Alemania era una prueba de actividades piadosas pasadas y les ofrecía una gran oportunidad para la autorrealización: Si habéis actuado correctamente para ocupar un apartamento de primera clase, entonces la naturaleza os dará un cuerpo bueno. Por eso digo repetidamente que vosotros, los muchachos y muchachas occidentales, habéis recibido una oportunidad muy buena por parte de la naturaleza. En otro tiempo, los pueblos de Europa dominaban el mundo entero, porque son muy inteligentes. Tienen buenos recursos, un cuerpo bueno, bonito, un cuerpo hermoso. Todo es muy bueno. Pero no lo estropeéis; utilizadlo para comprender algo aún mejor. Dijo que la falsa identificación con la tierra donde uno nace no debe hacernos olvidar que Dios es el creador y, por tanto, el auténtico propietario de todo: ¿Por qué me identifico falsamente con la tierra? «Soy alemán porque he nacido en esta tierra de Alemania». Eso es falso. Ninguna tierra es Alemania, Francia o Inglaterra. La tierra es tierra. Vosotros le habéis puesto falsamente un nombre: «Esto es Alemania». ¿Qué es esta Alemania? Hace doscientos o trescientos años no existía Alemania. La tierra fue creada por Dios. Así que es propiedad de Dios. ¿Dónde está la dificultad de entenderlo? Vosotros no habéis creado nada, ni siquiera vuestro propio cuerpo. Ese propietario también es Kṛṣṇa. Porque en cuanto Kṛṣṇa te dice: «Por favor, desocupa», debes desocupar inmediatamente. ¿Puedes permanecer en este cuerpo? El propietario te pide que lo desocupes. Así
Prabhupāda en Schloss Rettershof
que tienes que desocuparlo. O bien el propietario no lo repara. Entonces tú lo desocupas voluntariamente: «Esto ya no es útil». Volviendo al verso en sánscrito, Prabhupāda ilustró otro significado, a saber, la naturaleza imperceptible de los cambios corporales y cómo el alma, como observadora, permanece siempre igual: Así pues, debe entenderse que yo existía en el pasado en un cuerpo diferente. Como existía, digamos, hace setenta años en un cuerpo distinto, yo saltaba como un niño. Ahora no puedo saltar; ahora tengo que usar un bastón. Este es un cuerpo diferente. Si ese mismo cuerpo siguiera existiendo, entonces podría saltar como un niño. Yo recuerdo que saltaba. Pero ahora eso no es posible. Tengo que valerme de la ayuda de tres hombres. Él se rió, y los devotos se unieron a la risa. Estaba de muy buen humor, complacido de ver tantos rostros jóvenes. Esperaba que ellos tomaran la conciencia de Kṛṣṇa con seriedad antes de que sus cuerpos se consumieran con la vejez y se perdiera la gran oportunidad de alcanzar la perfección en esta misma vida.
En el paseo matutino del día siguiente, Prabhupāda describió con más detalle la transmigración: «Transmigración significa que perdemos el primer cuerpo; entramos en un segundo cuerpo, en un tercer cuerpo, en un cuarto. Así que el cuerpo de la infancia ya no existe. Por eso ahora estamos en un cuerpo viejo o en uno juvenil». Cuando pidió posibles objeciones, Satsvarūpa Mahārāja argumentó que un materialista no ve cómo eso se aplica a entrar en otro cuerpo: «No podemos percibir cómo tiene lugar el cambio de un cuerpo a otro. Podemos percibir que hemos pasado de niños a ancianos, pero no podemos percibir qué ocurrirá después de la muerte. Así que ¿quién lo sabe?». Prabhupāda respondió a la objeción hablando de los sueños: «Tú ves que un tigre viene, y gritas: “¡Sálvame! ¡Sálvame!”. Pero es una ilusión. De modo similar, el cuerpo presente también es una ilusión, pero nos afecta. Eso significa que hay una experiencia. A veces ocurre que, cuando en un sueño ves a tu persona amada, hay emisión seminal, aunque ella no esté presente. ¿Por qué? Porque hay una experiencia, una percepción. ¿Cómo puedes decir que no podemos percibir?».
Cuando ninguno de sus discípulos respondió, Prabhupāda explicó que los materialistas tienden a descartar estas experiencias sutiles como ilusorias, mientras que aceptan los fenómenos burdos y tangibles como reales: «Tú estás percibiendo cada noche que abandonas tu cuerpo. Aceptas otro cuerpo y haces otras cosas, que ves. Si eso es una ilusión, entonces este mundo que ves delante de ti también es una ilusión, porque durante el día olvidas las actividades de la noche, y por la noche olvidas las actividades del día. Así que esto también es una ilusión. Tú estás pensando: “Soy americano, soy indio, soy alemán”. Pero con una sola patada de la naturaleza estás fuera de este cuerpo. ¡Conviértete en un gato o en un perro! Por lo tanto, la vida en este cuerpo también es una ilusión. ¿No es así?». Prabhupāda afirmó la única conclusión sensata: «Por ende, la cuestión es: ¿dónde está mi vida real? Eso es conciencia de Kṛṣṇa. Cuando uno entiende: “Esto es ilusión, y aquello también es ilusión, entonces ¿dónde está mi vida real?” —eso es conciencia de Kṛṣṇa». Hansadutta empezó a hablar de las experiencias que los médiums parecen tener con los muertos, pero Prabhupāda lo detuvo y volvió a centrar la atención en el punto principal: «Ellos pueden pensar así», dijo, «pero el ejemplo del sueño es algo práctico. Trata de entender que, durante el día, estamos ilusionados por nuestro cuerpo burdo, y por la noche estamos ilusionados por nuestro cuerpo sutil. Así que ambos son ilusorios. Por tanto, si somos inteligentes, la indagación debe ser: “¿Cuál es mi vida real?”. Eso es inteligencia». Mādhavānanda dijo que la transmigración acabaría finalmente como resultado de esa indagación, y Prabhupāda elaboró: «Sí. La comprensión de un devoto es: “Yo soy el sirviente eterno de Kṛṣṇa. Así que déjame rendirme a Kṛṣṇa como Él quiere y servirle”. Esto es la verdadera vida. En cuanto se sitúa en esa plataforma, queda fuera de la ilusión. Y si es perfecto, entonces, justo después de abandonar este cuerpo, va a Kṛṣṇa. Ese es el proceso. Si no cae del servicio trascendental a Kṛṣṇa, entonces, inmediatamente después de la muerte, es trasladado a un cuerpo espiritual, del mismo modo que somos trasladados de este cuerpo burdo al cuerpo sutil. Del mismo modo, después de la muerte, un devoto es trasladado de inmediato adonde está Kṛṣṇa. Entonces realmente juega con Kṛṣṇa, baila con Kṛṣṇa y habla con Kṛṣṇa».
Prabhupāda en Schloss Rettershof
Mādhavānanda planteó otro punto: «Una vez dijiste que para detener la transmigración uno tiene que quedar completamente disgustado del mundo material». Cuando Prabhupāda confirmó esto, Satsvarūpa Mahārāja preguntó: «¿Y qué pasa con la oración de Mahāprabhu que dice: “No me importa volver a nacer una y otra vez”?». «Eso es la sinceridad de un devoto», aclaró Prabhupāda, «que no va a Kṛṣṇa por algún beneficio material. En cualquier condición, él es consciente de Kṛṣṇa. Esa es su humildad. Un devoto auténtico no lo quiere, pero ocurre; de lo contrario, ¿cómo es que Kṛṣṇa dice janma karma ca me divyam? Ocurre automáticamente. Pero el devoto no está muy preocupado pensando: “Debo ir a Kṛṣṇa y salvarme de estas miserias materiales”. Un devoto nunca habla así. Él más bien piensa: “No importa la miseria. Déjame cantar Hare Kṛṣṇa”. Esa es su posición». Satsvarūpa Mahārāja añadió que, para el devoto, la perfección es estar absorto en prédicar a otros, no pensando: «Yo quiero ir a jugar con Kṛṣṇa». Prabhupāda estuvo de acuerdo y explicó el servicio devocional incondicional: «Un devoto no negocia con Kṛṣṇa: “Kṛṣṇa me dará este beneficio; por eso quiero convertirme en un devoto puro”. Eso es la mentalidad de un comerciante: “Tú me pagas este precio y yo te entrego esta ropa”. Eso no es devoción. Āśliṣya vā pāda-ratāṁ pinaṣṭu mām adarśanān marma-hatāṁ karotu vā: En cualquier condición yo soy Tu esclavo. Hagas lo que hagas conmigo, eso está bien. Esa es la señal. No que “si es favorable a mi idea, entonces Te acepto”. Eso no es devoción. Anyābhilāṣita śunyam: ningún deseo. Solo: “Por favor, acéptame de nuevo como Tu sirviente eterno”. Bhaktivinoda Ṭhākura canta, marobhi rākobhi jo icchā tohāra: “Ahora, si Tú quieres, puedes matarme. Si Tú quieres, puedes protegerme. Lo que Tú quieras, yo estoy preparado”. Marobhi rākobhi jo icchā tohāra. Eso es entrega».
Encuentro con el profesor Dürckheim Aquella tarde, Prabhupāda recibió al profesor Karlfried Graf Dürckheim, un conocido autor que, después de la Segunda Guerra Mundial, había estudiado budismo zen en Japón y que ahora dirigía un grupo de personas interesadas en el zen en la Selva Negra, en el sur de Alemania. Incluso algunos obispos católicos lo visitaban a veces para hablar de temas esotéricos.
PṚTHU DĀSA: «En mis años de escuela había leído varios libros de Dürckheim, y fui yo quien le escribió e invitó. Cuando le llamé una semana más tarde para hacer seguimiento, mostró mucho interés. La mañana del 19 de junio lo recogí en la estación de tren de Fráncfort y lo llevé en coche a Schloss Rettershof. Cuando pasamos por los pueblos, Dürckheim vio los carteles que habíamos pegado para anunciar la visita de Prabhupāda. Hansadutta había tenido la “brillante idea” de tomar prestado un famoso eslogan nazi utilizado para anunciar las visitas de Hitler. En el cartel se leía en enormes letras: “DER FÜHRER KOMMT” [VIENE EL LÍDER] y, en letra más pequeña, “der Hare Kṛṣṇa Bewegung” [del movimiento Hare Kṛṣṇa]. Cuando vi el diseño en su despacho le había suplicado a Hansadutta que no colgara esos carteles; eran una gran ofensa. Pero él simplemente se rió de mí y dijo: “Vamos, a los alemanes les gustan estas cosas”. Al pasar, vi que en numerosos carteles habían desfigurado la cara de Prabhupāda dibujándole pequeños bigotes a lo Hitler. Cuando Dürckheim se fijó en ellos, expresó su incredulidad. —¿Ese es vuestro guru? —preguntó. Sentí cómo me corría el sudor frío. —Sí —balbuceé. —¿Lo dices en serio? —volvió a preguntar. —Sí —repetí—. Pero estos carteles no han sido idea mía. Luché en contra, pero no estaba en mi mano evitarlo. —No sabéis lo que estáis haciendo —dijo, moviendo la cabeza—. De verdad no sabéis lo que estáis haciendo. Casi me hace pensar en volverme a casa, pero ya que estoy aquí, sigamos. Estaba claro que le había disgustado y decepcionado nuestra inmadurez. Sin embargo, cuando conoció a Prabhupāda, enseguida supo apreciarlo y respetarlo, y desarrollaron una relación cordial».
La reunión comenzó hacia las cinco de la tarde. Afortunadamente, el conde Dürckheim hablaba un inglés fluido. Explicó brevemente sus antecedentes y cómo intentaba ayudar a la gente a descubrir su verdadero yo. Prabhupāda fue directo al punto de la conciencia de Kṛṣṇa. Mencionó los tres aspectos de la Verdad Absoluta —Brahman, Paramātmā y Bhagavān— y dijo que los devotos
Prabhupāda en Schloss Rettershof
cultivamos nuestra relación con el tercer aspecto, la Suprema Personalidad de Dios, Kṛṣṇa. Luego le preguntó a su invitado qué aspecto cultivaba él. El profesor respondió que, a la larga, uno no podía evitar cultivar los tres, y Prabhupāda estuvo de acuerdo. Los tres eran uno; solo variaba el ángulo de visión. Dio el ejemplo de una montaña vista desde lejos (como una nube difusa), desde una distancia media (algo verde) y de cerca (una elevación con animales y casas). Prabhupāda dijo que la mayoría de la gente percibe la Verdad Absoluta de manera impersonal, sin variedad. Dürckheim comentó que los budistas zen tenían esa concepción, pero Prabhupāda señaló una diferencia entre el impersonalismo y el vacío budista. Explicó que los budistas intentan detener toda realización y convertirse en cero, en vacío. En este punto, el profesor expuso su comprensión de Nirvana: —Bueno, cero desde el punto de vista del falso ego, pero ese cero lo es todo desde fuera. Desde el punto de vista del ego natural es cero, pero cuando lo tocas, es plenitud, lo es todo. Pero está más allá de algo y de todo, hasta donde yo lo entiendo. —Sí, está más allá —dijo Prabhupāda—. Ese “más allá” se realiza, como le he explicado, desde distintos ángulos de visión: impersonal, sin ninguna variedad; como Paramātmā localizado; y como el Ser Supremo. Así como usted está sentado y yo estoy sentado y hablamos, del mismo modo la Verdad Absoluta es una persona, la Persona Suprema, y nos acercamos a Él, hablamos con Él, nos sentamos con Él y jugamos con Él. Eso es la realización de Kṛṣṇa.
A continuación, Prabhupāda analizó por qué la mayoría de los filósofos son impersonalistas y niegan las variedades materiales. Puso el ejemplo de un enfermo que siente dolor al comer, dormir y evacuar, y que por eso quiere detener toda actividad. Cuando le dicen que, estando sano, volverá a comer, dormir y evacuar, piensa que será igual de doloroso que en su condición enferma. No sabe que la vida sana es distinta. —Algunos filósofos tratan solo de negar esta condición enfermiza —dijo Prabhupāda—, sin ninguna realización de la vida sana. Así que creo que la filosofía de Buda es la negación de esta condición enferma de la vida: el dolor y el placer. ¿Tengo razón o no?
Dürckheim estuvo de acuerdo, pero añadió que la enfermedad y la muerte también podían servir de umbral hacia otra realidad. Al utilizar el término “persona muerta”, Prabhupāda pudo entender que su visitante no tenía clara la diferencia entre materia y espíritu. —Como este micrófono, por ejemplo, hecho de hierro —dijo, señalando el micrófono encima de su mesa—. Es hierro. Cuando funciona y responde, también es hierro. Y cuando deja de funcionar, sigue siendo hierro. Del mismo modo, este cuerpo actúa gracias a la fuerza vital que hay dentro. Cuando la fuerza vital se va, el cuerpo se llama muerto. Pero en realidad siempre está muerto. La fuerza vital es lo importante. Es lo que mantiene vivo el cuerpo. De hecho, esté “vivo” o “muerto”, el cuerpo es materia muerta. La fuerza vital es el principio activo. Y ese es el principio de la enseñanza de la Bhagavad-gītā.
El profesor Dürckheim se mostró intrigado. Una de sus principales preocupaciones era transmitir una verdad similar a sus seguidores, pero solo había tenido un éxito limitado. Ahora tenía la oportunidad de recibir el consejo experto de un guru experimentado. La convicción filosófica era una cosa; la realización, otra muy distinta. —¿Cómo enseña a sus discípulos a tomar conciencia de esa fuerza que no es materia? —preguntó. —Es algo muy sencillo —respondió Prabhupāda—. Un cuerpo se mueve y otro cuerpo no se mueve. Hay un principio activo que hace que el cuerpo se mueva, y cuando está ausente el cuerpo no se mueve. Ahora la pregunta será: “¿Qué es ese principio activo que distingue la diferencia entre un cuerpo muerto y un cuerpo vivo?”. Si un estudiante no es consciente de ello, como mínimo puede ver que, a causa del principio activo, el cuerpo cambia, se mueve, y que en ausencia de ese principio activo el cuerpo ni cambia ni se mueve. Igual que cuando éramos niños pensábamos que dentro de la caja del gramófono había un hombre y que era él quien hablaba desde la caja. Es una suposición infantil, pero del mismo modo cualquiera puede pensar que, dentro de este cuerpo, algo hace que el cuerpo se mueva. No es una filosofía muy complicada.
Dürckheim estuvo de acuerdo, pero buscaba una pista sobre cómo lograr que un buscador sintiese la realidad de la verdad espiritual, no solo que la entendiera con la mente racional.
Prabhupāda en Schloss Rettershof
—Me doy cuenta de que, en el camino interior, se vuelve cada vez más importante sentir realidades más y más profundas. Por eso, en mi pequeño trabajo, distingo entre el cuerpo que uno tiene y el cuerpo que uno es. Normalmente, si vamos a un médico, él ve solo el cuerpo que tenemos. Lo trata como una máquina. Si viene alguien con los hombros encorvados, le dirá: “Bueno, tiene usted que hacer gimnasia”. Si entra alguien con los hombros así y viene a mí, yo le digo: “El cuerpo que tienes muestra que no tienes confianza. Así que adopta una actitud de confianza”. De ese modo conoce el cuerpo que es, no solo el cuerpo que tiene, lo cual no toca para nada la sabiduría.
Prabhupāda evitó quedar atrapado en la jerga del profesor. Simplemente repitió la primera lección de la Bhagavad-gītā: que el verdadero yo es el principio activo dentro del cuerpo. Luego desarrolló el tema: —Cuando una persona llega a la autorrealización, entonces es feliz. Prasannātmā: nunca está taciturna; es alegre. «Na śocati na kāṅkṣati»: no lamenta ni ansía nada. Samaḥ sarveṣu bhūteṣu: es igual con todos: con seres humanos, animales, con todo. Y mad-bhaktiṁ labhate parām: en este estado de conciencia comienza la vida devocional. Así que, sin autorrealización, no hay cuestión de vida devocional. Estos jóvenes, mis estudiantes, están adiestrados para estar siempre ocupados en servicio devocional. A alguien que está ocupado en servicio devocional se le supone ya autorrealizado, porque ha entendido quién es. Y entonces se aferra al servicio devocional; de lo contrario, no podría. Si uno piensa: “Soy este cuerpo”, entonces no puede entregarse al servicio devocional ni perseverar en él. Si sabe: “Soy parte integral de Dios, así que mi deber es servir a Dios”, eso es autorrealización. Y entonces se ocupa en servicio devocional.
Dürckheim volvió a insistir en su preocupación de que ese conocimiento se basara solo en comprensión racional en vez de experiencia. Prabhupāda discrepó y pidió a Satsvarūpa Mahārāja que leyera el texto 26 del capítulo catorce de la Bhagavad-gītā: «Aquel que se dedica por entero al servicio devocional, firme en todas las circunstancias, trasciende de inmediato las modalidades de la naturaleza material y llega así al plano del Brahman.» Aludiendo a sus discípulos presentes, Prabhupāda dijo:
—Ellos están ocupados siempre en servicio devocional. Entonces, si no hubiera cierta realización, ¿cómo podrían dedicar su tiempo de esta manera? A continuación dio otro ejemplo para mostrar que los devotos poseen tanto conocimiento teórico como realización: —¿Por qué debería matar animales? ¿Por qué debería hacer sufrir a otros? Esto es autorrealización: “He aquí otro ser; en él actúa el mismo principio activo. Solo el cuerpo es diferente. ¿Por qué voy a matarlo?”. Así que ellos lo han comprendido. Samaḥ sarveṣu bhūteṣu: una visión ecuánime hacia todas las entidades vivientes. El ser, el principio activo, actúa en el pez, en el insecto, en el árbol, en la planta, en los animales, en los pájaros y en mí. Ese principio activo es el alma, y el alma migra de un cuerpo a otro, igual que migramos de la niñez a la juventud y de la juventud a la edad adulta. Eso es autorrealización. El alma es la misma. El cuerpo es distinto. El cuerpo es material, y el alma es espiritual. Cuando llegamos a esta comprensión, eso es autorrealización.
Dürckheim seguía preocupado por cómo enseñar y evaluar el avance espiritual: —En el camino, debe haber progreso, un progreso interior. ¿Cómo saber que hay progreso? Yo diría que una cosa es muy importante. Hay tres sufrimientos en el mundo humano: el miedo a la aniquilación, la desesperación cuando uno es arrastrado por algo absurdo y la soledad. Explicó cómo, según él, una persona progresa en la medida en que descubre un significado mayor en medio de las calamidades. —Veo siempre en mis discípulos —dijo— que, en cuanto aprenden a pasar por una especie de muerte, despiertan en un nivel nuevo. Se dan cuenta de que hay un principio diferente actuando, distinto del que suelen ver con su mente natural. Prabhupāda encuadró inmediatamente la idea en el marco de la conciencia de Kṛṣṇa: —Ese principio diferente, para un devoto, ya está realizado. Porque un devoto nunca piensa “soy mi cuerpo”. Más bien piensa ahaṁ brahmāsmi: “Soy alma espiritual”. Todos en este mundo están pendientes de su cuerpo, vivo o muerto. Cuando está vivo, lo visten muy bien—bien peinado, bien arreglado, todo en función del cuerpo—y, cuando está muerto, le levantan una estatua, una tumba. Eso es todo. Pero están pasando por alto el principio activo.
Prabhupāda en Schloss Rettershof
Dürckheim le contó a Prabhupāda su experiencia durante la Primera Guerra Mundial, cuando luchó durante cuatro años en el frente y vio morir a muchas personas a su lado. Dijo que en esas circunstancias percibió algo que no tenía nada que ver con la muerte, y que esa realización marcó el comienzo de su camino interior. Prabhupāda reconoció que eso era realmente autorrealización y explicó que uno de los síntomas de un alma autorrealizada es la ausencia de miedo en cualquier circunstancia. El profesor volvió a su pregunta acerca de la autorrealización como una secuencia de experiencias internas, especialmente dolorosas, y puso el ejemplo de quienes vivieron la guerra y las noches de bombardeos y, de repente, comprendieron la naturaleza temporal de la existencia corporal. Prabhupāda interrumpió con ironía: —Eso lo podemos experimentar todas las noches. Por la noche olvido mi cuerpo y, de día, olvido el cuerpo del sueño, pero yo sigo existiendo. Por lo tanto, no soy este cuerpo. Dürckheim preguntó entonces por el significado del tiempo y la eternidad. Prabhupāda explicó que el tiempo es eterno, pero que percibimos pasado, presente y futuro según nuestra existencia material temporal en un cierto tipo de cuerpo. Su invitado estuvo de acuerdo. —¡Exactamente! —dijo—. Se relaciona con este cuerpo y con este ego, con respecto a los cuales hay un antes y un después, un arriba y un abajo, y si quitamos ese ego, ¿qué queda? ¿Qué queda? —Eso es el ego puro —dijo Prabhupāda. Dürckheim respondió: —Pero sin este cuerpo no llegaríamos a ser conscientes de lo que está más allá del cuerpo. —Yo estoy siempre consciente —señaló Prabhupāda—. Ahora nuestra conciencia está impura por el contacto con este cuerpo temporal. Cuando se llega a la conciencia pura, eso es conciencia de Kṛṣṇa. El profesor seguía sin entender: —Pero la conciencia pura, como experiencia, tiene que tener un trasfondo que no es conciencia pura; de lo contrario, podría convertirse… Prabhupāda lo interrumpió: —No. La conciencia pura es, de hecho, lo que somos. Como el agua. El agua es pura. Cuando cae del cielo, es cristalina. Pero en cuanto toca el suelo se vuelve fangosa. De la misma forma, nosotros, las almas espirituales, somos puros. En cuanto entramos en contacto con la materia, con la existencia material, nos volvemos impuros. Prabhupāda dio entonces un ejemplo poco habitual para ilustrar el significado de conciencia pura: —A veces los artistas esculpen una estatua desnuda. En Francia vi algunas —desnudas—. Ellos consideran que esa estatua desnuda es arte puro, no vestida. Del mismo modo, cuando llegamos a la desnudez del alma espiritual, sin la designación de este cuerpo —soy americano, soy alemán, soy esto, soy lo otro—, eso es pureza. Dürckheim razonaba como un budista zen: —Pero el sentido de lo impuro es ser el trasfondo de la conciencia de lo puro, sin que uno tenga que experimentar el sufrimiento de lo impuro. —La conciencia está cubierta por la impureza igual que la salud está cubierta por la enfermedad —explicó Prabhupāda—. Y el síntoma es la fiebre. Pero eso es un recubrimiento; no es el estado sano. De la misma forma, cuando pienso que soy americano, alemán, esto o aquello, eso es impureza. Y cuando pienso que no soy ni alemán ni americano ni esto ni lo otro, sino que soy parte integral de Dios, eso es conciencia pura. Dürckheim seguía con dudas. —Pero para llegar a sentir que uno no es esto ni aquello, primero tenemos que haber sufrido por haber pensado que sí lo éramos. Prabhupāda negó con la cabeza. Señaló que el sufrimiento debido al cuerpo material era en sí un tipo de sueño causado por la ignorancia. Repitió que nuestra verdadera tarea es liberarnos de todas las designaciones y realizar nuestra identidad real como hijos de Dios y servirle. De nuevo, el profesor dijo que veía un abismo entre creer algo y sentirlo o experimentarlo realmente; la cuestión de cómo preparar a un discípulo para sentir la verdad seguía para él sin respuesta. Prabhupāda le dijo que la respuesta era sencilla. Puso el ejemplo de un niño que no ha visto a su padre, pero que cree que tiene uno porque, de lo contrario, él no existiría. Citando un verso de la Bhagavad-gītā, explicó que Kṛṣṇa es el padre que aporta la semiente de todas las entidades vivientes y que la naturaleza material es la madre que les proporciona el cuerpo. Por consiguiente, todos los hijos son espiritualmente iguales, pero al identificarse con sus cuerpos se meten
Prabhupāda en Schloss Rettershof
en dificultades. La única solución era la autorrealización: «Yo no soy este cuerpo». El profesor seguía insistiendo en la necesidad de la experiencia, no solo del conocimiento teórico. Y Prabhupāda dejó claro que todos ya tenían esa experiencia, porque todos cambiaban de cuerpo muchas veces en una sola vida. Todo el mundo sabía que había tenido un cuerpo de niño, pero que ahora su cuerpo era distinto. Solo por insensatez esa evidencia quedaba oscurecida. Señaló que la mejor forma de adquirir experiencia era recibir conocimiento superior: —Cuanto más elevado estamos en conocimiento, más perfecta es nuestra experiencia. —Yo diría que es al revés —respondió Dürckheim—. Cuanto más avanzamos en experiencia, más tenemos conocimiento superior. —Pero la experiencia puede ser lenta —replicó Prabhupāda—. El conocimiento superior podemos recibirlo de inmediato. Kṛṣṇa dice que no somos este cuerpo. Así que, en lugar de pasar años y años acumulando experiencia para entender que no soy este cuerpo, tomamos el conocimiento de Kṛṣṇa, el Ser Perfecto, y mi experiencia queda recibida. Cuando, esta vez, Dürckheim asintió de acuerdo, Prabhupāda prosiguió explicando el proceso védico de recibir conocimiento de un maestro espiritual en sucesión discipular y de distribuir ese conocimiento sin cambiarlo. Recordó al profesor que nuestra capacidad de comprensión es muy limitada, pero que podemos experimentar cosas que están más allá de nuestro alcance escuchando su descripción de una fuente adecuada. —Tenemos que recibir conocimiento del Perfecto, no mediante el proceso ascendente de experimentar, fallar, experimentar, fallar, experimentar, fallar… No así. Eso lleva mucho tiempo. Pero si realmente queremos ser perfectos, acerquémonos al Perfecto, recibamos de Él el conocimiento y nos volveremos perfectos.
El conde Dürckheim no tuvo objeciones y el asunto quedó zanjado. Deseando tratar más temas, describió a Prabhupāda la situación de la civilización occidental. La gente manifestaba signos de rebelión contra sus supuestos líderes en la ciencia y la tecnología, que reducían a las personas a meros objetos e ignoraban sus verdaderas necesidades como personas. Prabhupāda estuvo de acuerdo con su análisis y señaló que esa misma observación ya se había hecho hace cinco mil años en el Śrīmad-Bhāgavatam (7.5.31): na te viduḥ svārthagatiṁ hi viṣṇum. Las personas materialistas no saben que la meta de la vida es la realización de Dios, porque creen ilusamente que pueden alcanzar la felicidad disfrutando de las manifestaciones externas de la naturaleza material. Y, debido a la ceguera de sus líderes, toda la sociedad está mal orientada. La solución era conciencia de Kṛṣṇa, porque trataba la raíz misma de la enfermedad: el olvido de Dios. Dürckheim estuvo de acuerdo y señaló que la separación de la realidad más íntima es algo propio del ser humano; los animales no sufrían de esa enfermedad. La mención de los animales llevó a Prabhupāda a llamar la atención de su invitado sobre la condición degradada de una sociedad que se entrega a la matanza innecesaria de animales para comer. Explicó que las guerras y el aborto eran consecuencias kármicas de la crueldad hacia los animales y recordó a su invitado que ninguna religión autorizaba la matanza innecesaria de animales. Como respuesta, Dürckheim preguntó por las plantas. —¿No sufrían también cuando eran tomadas como alimento? Prabhupāda confirmó que tenían sensibilidad, pero dijo que un devoto toma los frutos de la planta y evita cortar la planta misma, salvo que sea absolutamente necesario, como en el caso de algunas hortalizas. Aun así, esa es la ley de la naturaleza: un ser vivo se alimenta de otro ser vivo. Pero dejó claro que la principal preocupación de un devoto es si su alimento ha sido o no aceptado por Kṛṣṇa y se ha convertido en prasādam. —No defendemos ni el vegetarianismo ni el no vegetarianismo. Defendemos: “Comed el prasādam de Kṛṣṇa, los remanentes de comida ofrecida a Kṛṣṇa”. Esta es nuestra filosofía. Y aparte de esta filosofía, por el hecho de que un ser vivo sea alimento para otro, eso no significa que yo deba comerme también a mis hijos. Hay discernimiento. Los seres humanos deben ofrecer frutas, hortalizas y leche a Dios, Kṛṣṇa, tal como está prescrito en las Escrituras, y luego comer los remanentes de la ofrenda. Esa es la civilización humana. No que, solo por satisfacer la lengua, tengamos que mantener grandes mataderos y comer animales. No, eso no es civilización humana. El cometido principal de la sociedad humana es entender a Dios y, tan pronto como entendemos a Dios, entendemos que todas las entidades vivientes son partes integrales de Kṛṣṇa. Entonces, ¿cómo vamos a comérnoslas? Comemos porque
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Kṛṣṇa come, Kṛṣṇa lo permite, entonces comemos. Así que la responsabilidad es de Kṛṣṇa. Esa es nuestra filosofía.
La conversación había durado casi dos horas, pero Prabhupāda no se sentía cansado; al contrario, estaba animado. Predicar era su vida y alma, y apreciaba tener delante a un oyente reflexivo con preguntas sustanciosas. Mientras le mostraba al profesor Dürckheim ejemplares de sus libros en distintos idiomas, un devoto hizo pasar a más visitantes: tres profesores de teología y filosofía de la Universidad de Fráncfort y un indio que dirigía la Sociedad para el Yoga y los Estudios Filosóficos Integrales en Alemania. Prabhupāda los recibió cordialmente y, después de que se acomodaran, pidió a un devoto que ofreciera prasādam a cada invitado. A continuación les contó su conversación con el profesor Dürckheim, cómo habían hablado de la meta de la vida, y les dijo que solo podía haber una meta: comprender a Dios. Prabhupāda explicó que todos sus escritos se centraban en esa única meta de la vida: Kṛṣṇa. Cuando hizo una pausa, Dürckheim volvió a sacar un tema que compartían los demás profesores. Era el mismo asunto que había tratado de aclarar durante toda la velada: —¿Puedo volver a mi pregunta sobre la relación entre la creencia y la experiencia? Porque esta es una gran cuestión hoy en día, especialmente en los círculos religiosos. Uno de los teólogos confirmó que así era. Animado, Dürckheim formuló sus observaciones de forma más concreta que antes. Describió una crisis de fe por la que habían pasado muchos sacerdotes y su anhelo de una experiencia espiritual tangible, no de mero formalismo y creencia tradicional. Uno de los profesores comentó que se estaba produciendo una renovación religiosa y que sacerdotes y monjes buscaban una nueva fuente y un nuevo comienzo en su interior. Prabhupāda no descartó su preocupación como algo especulativo o sentimental, pero dijo que nadie podía evitar creer; la cuestión era en quién creer. —Si la persona en la que creo es perfecta, entonces mi creencia es perfecta. Y si creo en alguien que no es fiable, esa creencia no tiene sentido. Por lo tanto, tenemos que descubrir la persona o la afirmación en la que debemos creer.
El profesor Dürckheim señaló que la creencia o la comprensión dependen de la mente, mientras que él se refería a otro nivel más profundo: —Verá, hay una manera natural de ver a Dios que se pierde en cuanto las personas pasan por la mente racional. Y entonces no hay otra salida que tener una experiencia personalmente iniciática. Hablamos de iniciación cuando alguien es capaz de pasar por una cierta muerte para descubrir otro nivel. La gran sabiduría de la que usted habla, estoy seguro de que también toca a las personas en dos niveles. Está el hombre corriente, y ese puede creer, pero hay un nivel más profundo donde las cosas empiezan a cambiarnos, a transformarnos en experiencias más profundas. Prabhupāda no se dejó arrastrar a una discusión esotérica. Pidió a Satsvarūpa Mahārāja que leyera otra vez el texto 13 del capítulo segundo de la Bhagavadgītā: dehino ’smin yathā dehe kaumāraṁ yauvanaṁ jarā / tathā dehāntaraprāptir dhīras tatra na muhyati. —Este es el principio básico del conocimiento: «Yo no soy este cuerpo. Yo soy el principio activo dentro de este cuerpo». A partir de ahí se puede comprender el resto del conocimiento.
Después de pensar un momento, Dürckheim expresó una duda común entre pensadores occidentales, en particular entre los cristianos: —Me parece que existe una diferencia entre la sabiduría de Oriente y el pensamiento cristiano en que, en el camino oriental, uno tiene que deshacerse del cuerpo, liberarse del cuerpo, mientras que los pensadores cristianos consideran que debemos realizar el espíritu dentro del cuerpo. En respuesta, Prabhupāda dijo que todo nuestro sufrimiento se debía a estar encarcelados en el cuerpo material y que, por lo tanto, nuestra meta debía ser liberarnos de él. Un teólogo objetó. Consideraba esta visión demasiado negativa y pensaba que debíamos aceptar nuestra existencia humana aunque fuera imperfecta. Cuando Prabhupāda repitió que debíamos esforzarnos por la perfección, el hombre le desafió: —¿Como seres humanos o como espíritus? Añadió que él solo veía seres humanos y que, por tanto, el problema era cómo volverse perfectos como seres humanos. Cuando Prabhupāda le preguntó qué le gustaba tanto del cuerpo humano imperfecto, el profesor respondió que
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el cuerpo era un instrumento para comunicarse con otras personas. Prabhupāda señaló que los pájaros y las bestias también se comunican y que la finalidad de la vida humana es inquirir acerca de la Verdad Absoluta. Dürckheim trató de conciliar las diferencias. Dijo que hay tres tipos de conciencia corporal: una relacionada con la salud, otra con la belleza y una tercera con la Verdad Absoluta. Las tres iban juntas. Prabhupāda acogió positivamente su análisis, pero también señaló que la apreciación corporal de belleza —o de cualquier cosa relacionada con el cuerpo— era falsa, porque en realidad no somos el cuerpo. Citando el Śrīmad-Bhāgavatam (1.2.10) dijo que no deberíamos malgastar el tiempo ocupándonos del cuerpo como lo hacen los pájaros y las bestias, sino utilizarlo para inquirir acerca de lo Absoluto. El teólogo no estuvo de acuerdo. —Piense en la sonrisa de un niño —dijo—. Es su primera comunicación con sus padres. ¿Es acaso un despilfarro de nuestra energía intentar hacer el bien a otros, sonreír y ser amables? —Pero no podemos hacer el bien a otros, porque no sabemos qué es el bien —argumentó Prabhupāda—. Estamos pensando en el bien en términos de nuestro cuerpo, pero el cuerpo es falso. No es mi yo. Es falso en el sentido de que aceptamos nuestro cuerpo como nuestro yo. Por lo tanto, el concepto de lo que es “hacer el bien” también es falso. Siguió un momento de silencio. —Pero yo vivo mi identidad con el cuerpo —razonó el profesor. Para aclarar el malentendido, Prabhupāda puso el ejemplo de que una persona es distinta de su apartamento. Pero su invitado juzgó que el ejemplo no era adecuado, porque un apartamento seguía siendo el mismo después de que uno se marchara, mientras que el cuerpo no. Prabhupāda respondió que solo era cuestión de horas y años: con el tiempo, el apartamento también sería destruido. Repitió que el alma es distinta del cuerpo, pero el teólogo insistió en que existía una conexión íntima, una especie de unidad, entre el cuerpo y el alma. Entonces intervino el profesor de yoga. Señaló que no era lo mismo pensar “soy espíritu y tengo un cuerpo” que “soy el cuerpo y poseo un alma”. Prabhupāda apreció su comentario: —¡Sí, sí! Ese es su error: pensar que él es el cuerpo y posee un alma. Pero no: él es el alma y está cubierto por un cuerpo.
Luego comparó un abrigo que cubre el cuerpo con el cuerpo que cubre el alma. Dürckheim cambió de tema. —¿Cómo se realiza la verdad última y qué entiende usted por realizar la verdad eterna? Antes de que Prabhupāda pudiera contestar, uno de los profesores de teología expuso su comprensión: —En la Biblia se dice que toda nuestra vida debe dedicarse a conocer al Padre. Dürckheim se dirigió a Prabhupāda: —Eso es exactamente lo que usted dice, que la vida verdadera, la vida eterna, no significa otra cosa que reconocer al Padre en el hijo. Cuando le preguntaron por el método para realizar la Verdad Absoluta, Prabhupāda respondió: —El método más simple es entrar en contacto con el Padre, con la Verdad Absoluta. Explicó la naturaleza absoluta de Dios y del mundo espiritual y que, por lo tanto, al cantar el santo nombre de Dios uno podía entrar en contacto con Dios. Dürckheim sugirió que se refería al santo nombre de Kṛṣṇa, pero Prabhupāda le corrigió: —No, el santo nombre de Dios. Si no le gusta cantar “Kṛṣṇa”, cante a su manera. Cante el nombre de Dios. Si conoce el nombre de Dios, cántelo. Y si no lo conoce, entonces tómelo de mí. Los devotos soltaron unas risas. No había escapatoria posible a la lógica de Prabhupāda. Explicó que Dios tiene millones de nombres y que, por eso, a veces se dice que no tiene nombre, porque no se puede afirmar: “Este nombre y solo este es el nombre de Dios”. Cuando mencionó que Jesús también había orado “Santificado sea Tu nombre”, un teólogo objetó que Jesús no había especificado un nombre concreto, porque en realidad Dios no tenía nombre. Prabhupāda le miró sorprendido y dijo: —¿Cómo no va a tener nombre? Se dice: “Santificado sea Tu nombre”. Tiene nombre. El visitante argumentó que en la Biblia no aparecía ningún nombre, pero Prabhupāda dijo: —Puede que Jesús no lo haya mencionado, o que ustedes no hayan reparado en ello, pero cuando dice «Santificado sea Tu nombre», ese nombre tiene que
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existir. Por eso he dicho: «Si no conocen el nombre, tómenlo de nosotros». Eso es inteligencia. Entonces uno de los invitados pidió a Prabhupāda que describiera el proceso del canto. Prabhupāda explicó que el primer paso era escuchar. Por esa razón estaba escribiendo tantos libros: para dar a la gente la oportunidad de escuchar. Solo después de escuchar debidamente era posible cantar, luego recordar, adorar a la Deidad, orar, y así sucesivamente. Uno de los teólogos comentó que la oración era importante en el cristianismo, y Prabhupāda reconoció que era una forma de bhakti. Pero señaló que a la gente no le gustaba seguir un método estándar: cada uno formaba su propia opinión y, por ello, el resultado era la disensión, un síntoma de la era de Kali. La sociedad necesitaba una clase de hombres cualificados que comprendieran la Verdad Absoluta y pudieran enseñar al resto de la población. La conversación se centró entonces en las cualificaciones necesarias para seguir el proceso de autorrealización, y Prabhupāda pidió a Satsvarūpa Mahārāja que leyera las cualidades brahmínicas mencionadas en la Bhagavad-gītā. Dijo que no había diferencia entre seguir la Bhagavad-gītā o a Jesucristo, pero que el problema era que la gente no seguía a ninguno de los dos. Uno de los profesores objetó que esas eran solamente cualificaciones materiales, pero Prabhupāda le cortó: —Primero adquiera estas cualificaciones materiales. Después hable de lo espiritual. Igual que en la universidad: si alguien quiere estudiar Derecho, primero tiene que terminar los estudios previos. El ambiente se había vuelto tenso, así que Dürckheim introdujo una nota positiva. Elogió a Prabhupāda diciendo que, en su opinión, el mensaje de la conciencia de Kṛṣṇa sería muy apreciado por la juventud de Occidente, más interesada en realizar su verdadero ser que en dedicar su vida al desarrollo económico. Pero el profesor de teología, insatisfecho con la explicación de Prabhupāda sobre cómo alcanzar la autorrealización, preguntó si necesariamente era un proceso gradual y si no era posible quedar iluminado de golpe por la gracia de Dios. —Cante Hare Kṛṣṇa, eso bastará —dijo Prabhupāda—. No es que tenga que cantar el nombre de Kṛṣṇa. Usted tiene su nombre de Dios. Cante ese. Pero el hombre seguía sin estar seguro de que un nombre concreto fuese realmente un nombre de Dios.
—¿Por qué duda? —preguntó Prabhupāda—. El nombre existe. Si no lo conoce, tómelo de nosotros. Y soltó una risita. El profesor admitió: —No estoy convencido de que sea el nombre correcto. —Esa es su desgracia —dijo Prabhupāda, y los devotos no pudieron contener la risa—. Esa es su desgracia. ¿Cómo puedo ayudarle? No conoce el nombre. Si alguien le informa: «Aquí está el nombre», y aun así no lo quiere aceptar, esa es su desgracia. ¿Qué se puede hacer? A un hombre desafortunado no se le puede ayudar. El teólogo explicó sus razones. Había estado en África y había visto a gente cantar nombres de forma similar, y sentía que era difícil saber qué era lo correcto. Prabhupāda le dio una pista: juzgar por el resultado. Su invitado reconoció que ese sería, en efecto, un criterio válido para él. Uno de sus colegas comentó que pocas veces había visto tantos rostros felices como cuando observaba a los devotos. Prabhupāda les contó que una vez, durante un vuelo de Los Ángeles a Hawái, un sacerdote se le acercó y le preguntó: —¿Cómo es que sus discípulos se ven tan radiantes? Prabhupāda dio más ejemplos de cómo la gente había apreciado la conciencia de Kṛṣṇa y de cómo sus discípulos, a pesar de ser todavía jóvenes, habían sacrificado sus vidas cómodas y lo habían abandonado todo en busca de Dios. —Si no fuera algo sublime, ¿cómo lo iban a aceptar? —preguntó. Y, concluyendo su exposición, hizo un llamamiento a sus visitantes—: Así que pienso que ustedes son todos caballeros eruditos. Deberían apoyarnos y cooperar con este movimiento. Es un movimiento muy hermoso. Ese es mi ruego a ustedes. Satsvarūpa Mahārāja sintió que era el momento oportuno para dar por terminada la conversación, porque ya era tarde. —¿Podemos tomar tu permiso para retirarnos, Prabhupāda? —sugirió. Prabhupāda agitó la mano en señal de desaprobación. —No. Seguid sentados. Yo puedo hablar toda la noche. Los devotos rieron complacidos. —Porque se trata de hablar de Kṛṣṇa: satataṁ kīrtayanto mām. ¿Por qué detenerse? Satatam: sin cesar, continuamente.
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Cuando uno de los invitados preguntó cómo podía apoyar el movimiento, Prabhupāda respondió: —Eso es muy sencillo. Cante Hare Kṛṣṇa. Nada más. Hansadutta explicó que cualquiera podía hacerse miembro vitalicio. El profesor de yoga dijo que él podía ayudar a eliminar prejuicios hablando a favor de los devotos. Prabhupāda apreció todas sus sugerencias; cualquier cosa que una persona quisiera ofrecer era bienvenida y redundaría en su beneficio espiritual último. Con el ambiente ya distendido, Prabhupāda disfrutó enseñándoles su dictáfono y explicando cómo escribía sus libros por la noche. Solo en 1973, dijo, se habían vendido cuatro millones de ejemplares en todo el mundo. Sus invitados se quedaron asombrados al ver libros en español, chino, japonés, hindi, francés e italiano. Prabhupāda habló de la necesidad de comunidades rurales autosuficientes, de una educación consciente de Kṛṣṇa y del programa ISKCON Food Relief en la India. Mientras Hansadutta ponía una cinta con la grabación de aquella mañana, “Las oraciones a los Seis Gosvāmīs”, el profesor de yoga preguntó por los ejercicios de yoga mientras se cantan los nombres de Dios. —Sí —dijo Prabhupāda—, pero nosotros hacemos ejercicio bailando. Poco después, todos se marcharon y Prabhupāda se retiró a su dormitorio para un breve descanso. En pocas horas volvería a sentarse a su escritorio y continuaría predicando al dictar sus Significados de Bhaktivedanta.
PṚTHU DĀSA: «Durante el paseo de la mañana siguiente, Prabhupāda retomó el tema de cantar el nombre de Dios. Cuando el conde Dürckheim expuso el concepto cristiano de que la palabra “Dios” es el nombre de Dios y que no hace falta nada más, Prabhupāda sacudió la cabeza y dijo: “Este no es un argumento muy sensato”. Pero el profesor Dürckheim no se sintió ofendido. De hecho, al final de su conversación la noche anterior se había inclinado ante Prabhupāda y le había dicho: “Por favor, acépteme como su hermano menor”. Cuando más tarde aquella mañana lo llevé a la estación, me dijo: “Estoy muy impresionado. Es la primera vez que conozco a un hombre así. Ha llegado al otro lado”. Con esto quería decir que Prabhupāda ya había alcanzado la etapa de perfección en la vida».
Enseñando a sus discípulos
Una tarde, mientras Prabhupāda continuaba sus clases sobre el segundo capítulo de la Bhagavad-gītā, habló del verso 14. Explicó que, aunque nacimiento, muerte, vejez y enfermedad son comunes a todos, la angustia y la felicidad varían según el cuerpo. Describió la muerte como el momento en que el dolor es tan intenso e insoportable que nos vemos obligados a abandonar el cuerpo aunque no queramos. Luego habló de un conocido en Allahabad que, con solo cincuenta años, estaba en su lecho de muerte. El hombre imploró desesperadamente al médico que le permitiera vivir cuatro años más para poder llevar a cabo sus planes inconclusos. —¿Qué puede hacer el médico? —preguntó Prabhupāda—. Eso no es posible, señor. ¡Tiene que salir de ahí ahora! Para diversión de los devotos, describió a continuación la miseria que experimenta un niño cuando tiene que ir al colegio. —Al menos yo era así —dijo Prabhupāda, riendo—. Yo nunca quería ir al colegio. Y mi padre era muy amable. Me decía: “¿Por qué no vas al colegio?”. Yo respondía: “Iré mañana”. Y él decía: “Muy bien”. Pero mi madre era muy estricta. Quizá, si mi madre no hubiera sido un poco estricta, yo no habría recibido ninguna educación. Mi padre era muy indulgente. Así que ella solía obligarme. Un hombre me llevaba al colegio. En realidad, los niños no quieren ir al colegio; quieren jugar. En contra de su voluntad, tienen que ir al colegio. Así que estudiad la vida. Desde el principio de este cuerpo, dentro del vientre de la madre, es simplemente problemático. En contra de mi voluntad, hay tantas dificultades. Luego, según vamos creciendo, las dificultades crecen más y más. Describió cómo las miserias nos perturban constantemente y dijo que el deber de un hombre sensato es dejar de aceptar un cuerpo material: Tenemos que darnos cuenta de que estamos cambiando nuestra situación de dolor y felicidad, viéndonos obligados a aceptar algún tipo de cuerpo burdo y sutil. Esa es la causa de nuestras penas y alegrías. Y si salimos de este cuerpo burdo y sutil y permanecemos en nuestro cuerpo original, espiritual, entonces quedamos libres de estos sufrimientos y goces. KṚṢṆA-KṢETRA SWAMI: «Cuando Prabhupāda pidió preguntas, levanté la mano. Quería de verdad saber cómo abandonar los deseos materiales de una vez por todas y cómo no aceptar otro cuerpo. Y allí estaba la oportunidad perfecta
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para aprender de una persona libre de todo deseo material. Así que, con voz tensa y nerviosa, pregunté: “¿Cómo puedo desarrollar el deseo de salir de este cuerpo?” Su respuesta fue inmediata y clara: Simplemente piensa en cómo impulsar este movimiento. Ten ese deseo y ningún otro deseo. Anyābhilāṣita-śunyam: ningún deseo material. Śunyam: haz cero todos los deseos materiales. Simplemente desea: “¿Cómo puedo propagar este movimiento? ¿Cómo puedo servir a Kṛṣṇa? ¿Cómo puedo decorar esto?”. Por eso hemos dado tantos servicios: para desviar el deseo. Los deseos no se pueden detener. Eso no es posible. Las personas necias dicen que uno debe volverse sin deseos. Eso no es posible. Sin deseos quiere decir que estoy muerto. No. Purifica el deseo. Purifica el deseo. Tienes el deseo de conducir un coche. Pues conduce un coche para predicar la conciencia de Kṛṣṇa. Los devotos rompieron a reír, porque yo era el conductor del templo. Es poco probable que Prabhupāda supiera que ese era mi servicio, así que nos resultó especialmente gracioso que mencionara precisamente conducir como un medio para complacer a Kṛṣṇa y superar los deseos materiales. Yo me sentí recompensado por mi sincera pregunta con la respuesta tan completa de Prabhupāda».
A la mañana siguiente, Prabhupāda volvió al tema de la transmigración. No dejó ninguna duda de lo importante que era para él que sus discípulos comprendieran la filosofía. Mientras caminaba alegremente hacia Fischbach, los puso a prueba como si fuera un profesor examinando a sus alumnos. —Explicad cómo tiene lugar la transmigración —dijo, con el bastón en la mano y la cabeza bien erguida. Mādhavānanda habló primero, citando de la Bhagavad-gītā: dehino ’smin yatha dehe... Prabhupāda desestimó su intento. —Eso es un verso. Explica cómo ocurre. Luego respondió Satsvarūpa Mahārāja. Explicó paso a paso cómo el alma obtiene un cuerpo según sus deseos y toma otro cuerpo de acuerdo con sus acciones previas. Pero no era lo que Prabhupāda quería oír. —Está bien —dijo—, pero ¿cómo transmigras tú? —Según la condición mental en el momento de abandonar este cuerpo — dijo Hansadutta.
Prabhupāda seguía insatisfecho. —¿Pero cuál es el proceso? Satsvarūpa Mahārāja lo intentó de nuevo. —El cuerpo sutil transporta al alma. —¡Eso es! —exclamó Prabhupāda—. Ese es el punto principal. El cuerpo sutil transporta al alma. Entonces repitió algunos ejemplos que había usado varios días antes: —Igual que en un sueño somos llevados por el cuerpo sutil y colocados en distintas situaciones. Pero mientras este cuerpo sea capaz de funcionar, cuando termina el sueño volvemos a este cuerpo. Y la muerte significa que, como este cuerpo ya no sirve, vamos a otro cuerpo en lugar de volver a este. Eso es la transmigración. Igual que cuando desocupamos un apartamento: no volvemos a ese apartamento, sino que entramos en otro. ¿Está claro? Se detuvo. Sus discípulos tuvieron tiempo para reflexionar sobre sus palabras. —Cualquiera puede entenderlo —continuó—. Yo entro y salgo, pero cuando se trata de desocupar, salgo del apartamento y no vuelvo jamás. Entro en otro apartamento. Prabhupāda dijo entonces que deploraba la lamentable condición de la civilización moderna, porque incluso científicos y filósofos galardonados con premios Nobel eran incapaces de comprender un concepto tan sencillo como la transmigración del alma. Satsvarupa Maharaja planteó un argumento común: —No me importaría la transmigración si me convirtiera en gato o en perro, porque lo olvidaría todo completamente. Así que no importa. Ni siquiera sufriría. Prabhupāda replicó: —Pero si yo digo: “Te convertiré inmediatamente en un perro”, ¿aceptarías convertirte en uno? —No —admitió Satsvarupa Maharaja. —Esta es una propuesta infantil y necia —concluyó Prabhupāda—. Si yo digo: “Te convertiré inmediatamente en esta hierba y te quedarás aquí durante cien años”, ¿aceptarías permanecer así durante cien años? Tras un silencio, sacudió la cabeza y dijo: —Hare Krishna. En los países occidentales, en realidad, no hay filosofía.
Prabhupāda en Schloss Rettershof
KṚṢṆA-KṢETRA SWAMI: «Todas las mañanas, Prabhupāda solía caminar desde Schloss Rettershof cuesta abajo hasta el pueblo de Fischbach. Una mañana apenas habló; más bien, cantaba japa suavemente. Nosotros seguimos su ejemplo. Al entrar en el pueblo y pasar frente a una carnicería, Prabhupāda pidió la traducción de unos letreros del escaparate. Al oír que se trataba de carne, siguió caminando con gravedad. Aunque esperábamos una discusión animada sobre el consumo de carne, en su lugar se nos mostró otro aspecto de nuestro maestro espiritual. Me recordó que nosotros somos sus sirvientes, no que él sea el nuestro. Aun así, estando con Prabhupāda, naturalmente comenzamos a ver las cosas a través de sus ojos. Cuando él miró con tristeza la carnicería, nosotros también nos sentimos tristes, pero sabíamos que nuestra tristeza no era tan profunda como la suya».
Encuentro con el padre Emmanuel El 21 de junio, un monje greco-ortodoxo, el padre Emmanuel Jungclaussen, visitó a Prabhupāda. Explicó que en su monasterio benedictino se observaban tanto los ritos católicos romanos como los greco-ortodoxos. Desde hacía muchos años recitaba en un rosario: «¡Oh, Señor Jesucristo, ten misericordia de mí!», un rito greco-ortodoxo. A Prabhupāda le complació que un monje cristiano estuviera cantando. Le dijo a su invitado que la versión griega original de la palabra «Cristo» — Christos— es una forma alterada de la palabra sánscrita «Krishna», que también se pronuncia «Krishta» y significa «la persona completamente atractiva que atrae a todos hacia sí», es decir Dios. Prabhupāda se dirigió al monje: —Por lo tanto, el nombre de Dios es Krishta. Así que cuando Cristo dice: “Padre mío, que sea santificado Tu nombre”, ese nombre es Krishta o Krishna. ¿Qué piensa? El padre Emmanuel respondió que el nombre de Dios había sido revelado por Jesús y que Dios podía ser llamado Cristo. Cuando Prabhupāda mencionó que, en la opinión de uno de los profesores de teología con los que había hablado algunas noches antes, Dios no tiene nombre, el padre Emmanuel expresó la comprensión cristiana común: —Nosotros sí tenemos un nombre para Dios. Decimos “Padre”.
Prabhupāda negó con la cabeza y dijo: —“Dios” es el nombre general, pero aun así Él tiene un nombre particular, y ese nombre es Krishna. Esto es aceptado por Jesús: “Jesús, el Cristo” o “Jesús, el hijo de Cristo, o de Krishna”. Él se identificó como el hijo de Dios. Por lo tanto, el nombre de Dios es Krishta o Krishna o Christo. No importa. Prabhupāda recalcó entonces que lo importante es cantar el nombre de Dios, cualquier nombre auténtico, y así orar a Él: —Por favor, trasládame del servicio de la energía material al servicio de la energía espiritual. Ese, dijo, era el significado del movimiento para la conciencia de Krishna. Puesto que Dios es absoluto, Su nombre no es diferente de Él. Por lo tanto, cantar Su nombre significa estar en contacto con Él. Al estar en contacto con Dios, el devoto se vuelve divino y finalmente se capacita para vivir con Dios en servicio amoroso en Su reino espiritual. En ese momento, el padre Emmanuel expresó un resentimiento que a menudo sienten los cristianos: —Usted sabe que los cristianos también predicamos el amor por Dios, y buscamos cumplir el amor por Dios y servirlo con todo nuestro corazón y alma. ¿Por qué entonces envían ustedes a sus discípulos a países cristianos a predicar el amor por Dios, cuando el evangelio de Jesucristo también predica el amor por Dios? Prabhupāda se excusó por tener que ser directo y le dijo al sacerdote que los cristianos no estaban obedeciendo las órdenes de Dios. Cuando le preguntó si estaba de acuerdo, al principio el padre Emmanuel dijo que sí, pero luego pidió una explicación de qué leyes se estaban desobedeciendo. Prabhupāda mencionó el mandamiento: “No matarás”. Señaló que muchos animales inocentes son matados en los mataderos. El padre Emmanuel volvió a estar de acuerdo al principio, pero luego presentó argumentos en defensa de sus hermanos cristianos. Cuestionó cuán importante era realmente el tema de matar animales. En respuesta, Prabhupāda dio la analogía de que por un pequeño error en un cálculo, el resultado debe ser erróneo. Después, el monje argumentó que el mandamiento solo se refería a matar seres humanos. Prabhupāda razonó que eso significaría que Jesús no fue lo suficientemente inteligente como para usar la palabra correcta, “asesinar”. Insistió en que no hay
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necesidad de interpretar la palabra “matar”. Esto llevó al padre Emmanuel a hacer la misma pregunta que había hecho el profesor Dürckheim: —¿No matan ustedes también las plantas que comen? Cuando Prabhupāda preguntó si matar vegetales y matar animales era lo mismo, su invitado respondió: —No es lo mismo. Pero matar humanos y matar animales tampoco es lo mismo. Prabhupāda aceptó el desafío con facilidad y dio la misma respuesta que le había dado a Dürckheim y al estudiante en la Universidad de Uppsala: —Nosotros no matamos. Nuestra filosofía vaiṣṇava es que no matamos ni siquiera vegetales. Porque Krishna dice patraṁ puṣpaṁ phalaṁ toyaṁ: “Ofréceme este alimento”, nosotros ofrecemos el alimento a Krishna y luego lo tomamos. Por lo tanto, si hay pecado por arrancar esta flor o esta hoja, ese pecado es de Krishna, no mío. Explicó además que Krishna es supremamente poderoso y no puede ser tocado por el pecado, del mismo modo que el sol no se contamina al brillar sobre un lugar sucio y purificarlo. Pero Prabhupāda no estaba interesado en ganar un debate. Él esperaba que algunos hombres influyentes comprendieran el inmenso beneficio de la conciencia de Krishna. Si aceptaban cooperar, su misión sería un éxito. Por lo tanto, quiso poner a su invitado a gusto y adoptó un tono conciliador: — Yo no he venido a enseñarle, sino a pedirle algo. Su religión cristiana prohíbe comer carne y fomenta el canto del nombre del Señor, así que, por favor, hágalo. Nada más. Nosotros también estamos cantando. Cristo o Krishna, es lo mismo. Así que unámonos y cantemos. Si tiene alguna objeción a cantar Krishna, cante Cristo o Christo. Cuando el padre Emmanuel dijo que no tenía ninguna objeción, Prabhupāda continuó: —Creo que los sacerdotes cristianos deberían cooperar con este movimiento, cantar el nombre de Cristo o Christo y detener la matanza de animales. Esto está de acuerdo con la Biblia. No está de acuerdo con mi filosofía, sino con su propia filosofía cristiana. Simplemente que lo hagan y verán cómo la situación se vuelve hermosa. El padre Emmanuel aseguró a Prabhupāda que estaba completamente de acuerdo, pero añadió que sabía lo difícil que era hallar un oído abierto dentro de los círculos establecidos de la Iglesia. Le dio las gracias a Prabhupāda y se inclinó ante él. A la mañana siguiente, el padre Emmanuel se unió a Prabhupāda en su paseo. Prabhupāda volvió a instarlo a propagar el canto del nombre de Dios en Alemania. Y explicó por qué los devotos insisten en abstenerse de matar animales: —Introduzca al menos en su país: “Cantad el nombre de Cristo y dejad de matar animales”. Esto viene de la Biblia. No es algo que yo esté pidiendo. La Biblia dice: “No matarás”. Y glorifique el nombre de Dios. “No matarás”, ese es el comienzo de la vida religiosa. Las personas que matan animales no pueden comprender a Dios. No es posible. Hay una declaración en el Bhāgavatam, vinā paśughnāt: “¿De no ser un carnicero o alguien que mata su propio ser, ¿quién dejaría de escuchar esa glorificación del Señor?”. Sí, los que matan animales no pueden comprender a Dios ni el nombre de Dios. Eso no es posible.
HANSADUTTA DĀSA: «Mientras caminábamos por los campos a la mañana siguiente, de repente oímos un helicóptero sobre nuestras cabezas. Prabhupāda miró hacia arriba y uno de los devotos comentó: “Es un helicóptero”. Prabhupāda dijo: “Sí, lo sé”, y empezó a reír. “Shyamasundar una vez me llevó en helicóptero desde el aeropuerto de Heathrow, pero, por supuesto, tuve que pagarlo”. Luego contó una historia para ilustrar que, aunque lo llevaron en helicóptero esquivando todo el tráfico de Londres, lo cual fue muy agradable, al final fue él mismo quien tuvo que pagar por ello. La historia trata de un guru y su discípulo. El guru había confiado todo su dinero al discípulo, y el discípulo organizaba hermosos programas y hacía todos los arreglos necesarios para él. En cada lugar al que iban, los arreglos eran de primera clase, la comida era excelente, y cada vez el guru quedaba muy complacido y elogiaba al discípulo: “Oh, has hecho un servicio tan maravilloso”. Y el discípulo respondía: “Todo es por tu misericordia”. Cuando finalmente completaron la gira y el guru quiso acceder al dinero que había confiado al discípulo, este dijo: “Lo utilicé para organizar todos estos programas. Ya te lo dije, todo era por tu misericordia”. Y Prabhupāda estalló en una enorme carcajada.»
Prabhupāda en Schloss Rettershof
Predicando al público
CAKRAVARTĪ DĀSA: «Para varios de los compromisos públicos de Prabhupāda alquilamos un salón en un hotel de Bad Homburg, y como de costumbre lo acompañamos con un resonante kīrtana. No vino mucha gente, de modo que había casi tantos devotos como invitados».
KṚṢṆA-KṢETRA SWAMI: «Prabhupāda predicó en su manera habitual, decidida y digna. A pesar de la escasa asistencia y de un perceptible clima de leve hostilidad hacia él y sus seguidores, dio su charla con toda su energía, como si cada célula y cada músculo de su cuerpo trascendental estuvieran concentrados en transmitir el mensaje trascendental. Como en otras ocasiones, me impresionó el carácter intemporal de Prabhupāda. Su rostro parecía mostrar eras de sabiduría madura. Para el observador casual, tal vez parecía infeliz o incluso enojado, pero yo sabía que estaba más allá de manifestar estados de ánimo superficiales. Estaba más allá de eso porque tenía un mensaje urgente y beneficioso para la gente. Prabhupāda simplemente entregaba su mensaje con pleno vigor».
CAKRAVARTĪ DĀSA: «Cuando Prabhupāda pidió preguntas, un invitado dijo que sentía que era una contradicción que Prabhupāda predicara la renunciación, la vida sencilla y el desapego de las cosas mundanas, pero que se sentara en un trono. Así que Prabhupāda nos indicó que retiráramos el vyāsāsana y que, la próxima vez que diera la charla allí, le proporcionáramos un simple cojín blanco. Explicó que si la gente se molestaba por esas cosas externas, era mejor eliminar la causa de la molestia».
BHAKTIVAIBHAVA SWAMI: «En referencia a la escasa asistencia, Prabhupāda nos dijo que en Alemania debíamos centrarnos principalmente en distribuir praāadam para que la gente se purificara y quedara capacitada para comprender la filosofía».
ŚACĪNANDANA SWAMI: «Mi padre vino desde Hamburgo expresamente para conocer a Prabhupāda y ver por sí mismo en qué se habían metido sus dos hijos. Cuando llegó el turno de las preguntas, se puso de pie y preguntó:
—¿Cómo pueden esperar beneficiar a la gente trasplantando una cultura extranjera como la cultura india a un país como Alemania? Nosotros somos alemanes. Necesitamos la cultura occidental. Es como si tomaran un cocodrilo del Nilo y lo pusieran en el río Elba. Moriría miserablemente. Prabhupāda lo miró y simplemente dijo: —No. Uno puede volverse consciente de Kṛṣṇa con corbata y traje. Mi padre probablemente esperaba una respuesta más sofisticada y filosófica, pero el punto de Prabhupāda era simple. La conciencia de Kṛṣṇa no está limitada por consideraciones culturales, porque es universal y absoluta. Cualquiera puede volverse consciente de Kṛṣṇa dentro de su propia cultura. Al día siguiente mi padre habló con varios devotos sobre la respuesta de Prabhupāda. Llegó a la conclusión de que quizá valía la pena investigar la conciencia de Kṛṣṇa con más detenimiento. Aunque la respuesta en sí no le dio mucha información, lo llevó a experimentar una transformación. Le causó una impresión duradera».
Otro evento público tuvo lugar en Königstein. La conferencia había sido anunciada bajo el título La vida después de la muerte. Prabhupāda describió cómo desarrollamos gradualmente diferentes cuerpos y diferentes tipos de conciencia. Nuestra tendencia natural a mejorar nuestra situación e incluso ir a planetas superiores está viciada por los cuatro principios universales de la vida material: nacimiento, muerte, vejez y enfermedad. Dijo que la perfección consiste en desarrollar conciencia de Dios e ir más allá del mundo material, hacia el cielo espiritual: En el momento presente estamos en conciencia de vestimenta. Yo soy un traje alemán, soy un traje inglés, soy un traje indio, soy un traje masculino, soy un traje femenino. Esto se llama vida condicionada. Así que en esta vida condicionada estamos aceptando un tipo de cuerpo y estamos muriendo. Morir significa abandonar nuestro cuerpo presente y ser transferidos a otro cuerpo por las leyes de la naturaleza material. No está bajo nuestro control. Usted no puede decir: “Después de abandonar este cuerpo alemán, volveré a aceptar otro cuerpo alemán”. Eso no está en sus manos, señor. Está bajo las leyes de la naturaleza. Unas cien personas habían venido a escuchar a Prabhupāda. Todos habían pagado la entrada de 5 marcos. Los devotos habían cobrado una tarifa para
Prabhupāda en Schloss Rettershof
asegurarse de que solo vinieran personas serias, y el público estaba compuesto principalmente por médicos, abogados y otras personas establecidas. Prabhupāda continuó: Por lo tanto, si realmente somos inteligentes, debemos intentar despertar, o ser situados, en nuestro cuerpo original, el cuerpo espiritual. Eso detendrá este constante cambio de cuerpo. Así que el proceso sencillo, tal como lo estamos predicando en este movimiento de conciencia de Kṛṣṇa, es tratar de comprender a Kṛṣṇa. Kṛṣṇa o Cristo, es lo mismo. Entonces ustedes obtienen su cuerpo espiritual original. La conciencia de Kṛṣṇa puede despertarse simplemente cantando el mahā-mantra Hare Kṛṣṇa, el santo nombre de Dios. No solo Hare Kṛṣṇa. También pueden cantar el santo nombre de Cristo. Cristo es lo mismo que Kṛṣṇa. Así que háganlo. No hay gasto, pero la ganancia es muy, muy grande. Manténganse apartados de los cuatro tipos de vida pecaminosa y manténganse siempre en contacto con Kṛṣṇa, o con Dios. Entonces regresarán al hogar, de regreso a Dios. Después de una semana en Alemania, Prabhupāda se preparó para continuar su gira de prédica. Dio sus últimas instrucciones a Hansadutta. Le gustó Schloss Rettershof y sugirió que los devotos compraran el castillo y las tierras circundantes. Una parte importante de su misión era establecer comunidades agrícolas autosuficientes y mostrarle al mundo cómo depender de la tierra y de las vacas mientras se cultiva la vida espiritual. En la tarde del 23 de junio de 1974, un grupo de devotos acompañó a Prabhupāda al aeropuerto de Fráncfort y lo despidió rumbo a su siguiente destino, Australia. Habían pasado cinco años desde su primera visita, y les hubiera gustado que se quedara más tiempo. Se consolaron pensando que seguramente volvería el verano siguiente. Nadie podía prever que esta sería la última visita de Prabhupāda a Alemania.