Srila Prabhupada y sus discípulos en Alemania

Capítulo 12

PARÍS REVISITADO

París, Rue Le Sueur n.º 4: Los devotos se habían trasladado desde las afueras — Fontenay-aux-Roses— al centro de la ciudad, a un lugar prestigioso no lejos del Arco del Triunfo y de los Campos Elíseos. El movimiento para la conciencia de Kṛṣṇa se expandía rápidamente en Francia, y la creciente población de devotos necesitaba este gran edificio de tres plantas situado en una esquina. Prabhupāda visitó el templo durante una semana en agosto de 1973 y, a petición de Bhagavān, instaló Deidades de mármol de Rādhā-Kṛṣṇa, dándoles los nombres Rādhā-Parisīśvara.

MṚDĀṆĪ DĀSĪ: «Yo estaba de pie no muy lejos del vyāsāsana de Prabhupāda, donde él estaba sentado, cuando las Deidades fueron llevadas a la sala del templo. Los devotos colocaron a Sus Señorías justo delante de él, de modo que Śrīmatī Rādhārāṇī y Prabhupāda quedaban vis-à-vis, mirándose el uno al otro. Entonces, de repente, Prabhupāda bajó del vyāsāsana y comenzó a frotar la cara de Rādhārāṇī para quitarle una mancha».

AŚOKA-KUMĀRA DĀSA: «Tuve la fortuna de estar justo al frente mientras Prabhupāda ofrecía el primer ārati. Cuando estaba a punto de encender la lámpara de alcanfor, se detuvo y llamó al pūjārī. Lo que había ocurrido era que un devoto había mezclado el alcanfor dentro de la mecha de ghee en lugar de espolvorearlo por encima. Prabhupāda esperó hasta que alguien trajo alcanfor y puso unos cristales sobre la mecha. Entonces continuó la ceremonia».

KṚṢṆA-KṢETRA SWAMI: «Mientras ofrecía el ārati, Prabhupāda estaba concentrado en ofrecer cada elemento con cuidado y devoción, no para hacer un espectáculo, sino para complacer a Sus Señorías con su humilde ofrenda. Me impresionó su manera de ofrecer la tela: hacía varios círculos pequeños y lentos con la muñeca mientras movía la tela en un círculo grande, en el sentido de las agujas del reloj, alrededor de la forma del Señor».

NIKHILĀNANDA DĀSA: «Me interesaba la fotografía, y Harernāmānanda me prestó amablemente dos cámaras y me dejó acompañarle al cuarto de Prabhupāda para sacar fotos. Mientras Prabhupāda predicaba a los invitados, tuve muchas oportunidades de fotografiar desde distintos ángulos. A veces, justo cuando iba a apretar el botón, Prabhupāda dejaba de hablar por un momento y me miraba con penetración. Me quedaba inmóvil y no era capaz de mover el dedo para disparar. Los devotos se reían de mi timidez. Una noche se hizo muy tarde y el sirviente de Prabhupāda, Śrutakīrti, sugirió que nos fuéramos a dejarle descansar. Pero Prabhupāda sonrió y preguntó: “¿Alguien quiere irse?” Todos nos reímos; era obvio cuánto disfrutábamos de la compañía de nuestro maestro espiritual en un ambiente tan íntimo y relajado. En otra ocasión estábamos en su cuarto mientras en el templo, en la planta baja, aumentaba la velocidad y el volumen del kīrtana. Todo el edificio parecía vibrar. Un devoto preguntó si debía bajar y detenerlo, pero Prabhupāda comentó: “El kīrtana siempre agrada.”

KṚṢṆA-KṢETRA SWAMI: «Durante una de las darśanas en el cuarto de Prabhupāda había varios devotos presentes, quizá algunos invitados, pero la estancia no estaba abarrotada. Era por la tarde. De repente entró un devoto con un gran plato de fruta, aparentemente de la ofrenda de las cuatro. Śrīla Prabhupāda al principio pareció levemente molesto por la interrupción. Esa expresión de ligera molestia me impresionó. Mostraba cuán absorto estaba en predicar y cuán desapegado era respecto a la comida. Tomó un par de piezas de fruta, hizo un gesto para que las distribuyeran y continuó su prédica.

París revisitado

PṚTHU DĀSA: «Se hicieron arreglos para que Prabhupāda hablara desde el balcón del templo y se dirigiera a los devotos y a los vecinos. El ayuntamiento dio permiso con la condición de que no utilizáramos un sistema de sonido. Cuando Prabhupāda oyó esto, contó la historia de Gopal Ban, que acababa de estrenar un retrete nuevo y no quería que nadie lo ensuciara. Cuando un amigo pasó por allí y le preguntó si podía evacuar, Gopal Ban respondió: “Sí, pero con la condición de que no orines al mismo tiempo. Yo me quedaré a tu lado con un palo. Si te atreves a orinar mientras evacúas, te golpeo en la cabeza”».

MṚDĀṆĪ DĀSĪ: «En aquellos días, las relaciones entre hombres y mujeres en nuestro grupo de saṅkīrtana eran bastante relajadas y un tanto íntimas, y solíamos juntarnos a hablar, principalmente sobre saṅkīrtana. Durante la visita de Prabhupāda, casualmente nos reunimos así en la calle, en la esquina, justo debajo de su balcón. Cuando él se dio cuenta, envió a alguien para decirnos que lo dejáramos inmediatamente —que aquello era māyā—, hombres y mujeres sentados juntos y charlando».

NIKHILĀNANDA DĀSA: «Harernāmānanda preguntó al secretario de Prabhupāda si Prabhupāda nos concedería veinte minutos en privado para tomar fotografías, y para nuestra sorpresa y alegría, aceptó. Cuando entramos en su cuarto, estaba sentado detrás de su escritorio, cantando japa suavemente. Luego se detuvo, tomó tilaka de una pequeña caja de plata y renovó la marca vaiṣṇava en su frente. Mientras tomábamos fotos, Prabhupāda se volvió hacia mí y me preguntó por qué tenía dos cámaras. Me quedé tan sorprendido que solo pude mirarlo sin saber qué decir, pero Harernāmānanda explicó enseguida que una era para fotos en color y la otra tenía carrete en blanco y negro. Prabhupāda asintió y siguió cantando. Al cabo de unos minutos reuní el valor para decir: “Prabhupāda, ¿puedo hacerle una pregunta?” Cuando me indicó que siguiera, le pregunté: “Se dice que uno se vuelve dichoso en la conciencia de Kṛṣṇa, pero mi experiencia es que siempre cometo tantos errores y que sufro cuando los cometo. ¿Cómo es eso?” Tras un breve silencio, dijo suavemente: “Si uno se arrepiente, eso es muy bueno”. Sonaba significativo, aunque no estaba seguro de que respondiera del todo a mi pregunta. Decidí dejarlo así y reflexionar más adelante. Unos años después encontré un verso en el Quinto Canto del Śrīmad-Bhāgavatam que dice, en relación con la historia de Jaḍa Bharata: “Aunque el rey Bharata recibió el cuerpo de un ciervo, gracias a su constante arrepentimiento llegó a estar completamente desapegado de todo lo material”». *** Antes de venir a Francia, Prabhupāda había pasado más de un mes en Inglaterra. Había asistido a un exitoso Ratha-yātrā y se había reunido con varias personalidades importantes, entre ellas un escultor famoso y George Harrison, el ex Beatle, quien había donado una finca cerca de Londres, rebautizada ahora como Bhaktivedanta Manor. Hansadutta había pedido a Harernāmānanda que siguiera a Prabhupāda en su gira europea y tomara fotografías.

HARERNĀMĀNANDA DĀSA: «Mientras acompañaba a Prabhupāda en Londres, París y Estocolmo, tuve la oportunidad de estar con él en muchas circunstancias: paseos matutinos, conferencias, conversaciones en su cuarto y encuentros públicos. Una de las cosas que más me impresionó fue la capacidad de Prabhupāda para adaptarse rápida y perfectamente a un tipo particular de persona o de audiencia. Para mí fue algo casi místico ver cómo sabía casi de inmediato en qué punto se encontraba alguien. En varias ocasiones percibía desde el principio hacia dónde se dirigía una conversación y respondía a preguntas incluso antes de que fueran formuladas. Así, sucedía que algunos de sus invitados, al ver que Prabhupāda sintonizaba exactamente con los problemas que ellos tenían en mente, dejaban de hacer preguntas y simplemente escuchaban. Otra cosa que me impresionó fue que, en ocasiones, Prabhupāda daba respuestas tan simples que te dejaban completamente desconcertado. Uno se preguntaba: “¿Cómo no se me ocurrió a mí? ¡Es tan evidente!”. Una vez incluso solté una carcajada, porque la respuesta de Prabhupāda era tan obvia por sí misma. Una tarde, Donovan—otro músico famoso y buen amigo de George Harrison—, su novia y algunos de sus amigos vinieron a ver a Prabhupāda. Donovan sabía algo acerca de la conciencia de Kṛṣṇa, pero sus acompañantes no tenían idea de nada. Mientras Prabhupāda respondía a sus preguntas y explicaba

París revisitado

conceptos básicos, la novia de Donovan comenzó a ponerse incómoda. Parecía temer la influencia de Prabhupāda; quizá percibió el peligro de “perder” a su hombre, porque Donovan era realmente humilde. Escuchaba con sumisión y mostraba disposición a aceptar lo que Prabhupāda decía. Así que su novia se puso cada vez más nerviosa e intentó repetidamente dar por terminada la conversación. Finalmente lo consiguió. Aunque Donovan estaba genuinamente interesado, tuvo que ceder a su deseo y se disculpó por no poder quedarse más tiempo. En los festivales de Ratha-yātrā, Prabhupāda solía sentarse en un vyāsāsana sobre el carro de Subhadrā, pero esta vez sorprendió a todos caminando todo el trayecto desde Marble Arch hasta Trafalgar Square. Por supuesto, para mí como fotógrafo fue una oportunidad única para captar imágenes de él mientras danzaba ante Sus Señorías. A medida que avanzaba la procesión, los devotos formaban un círculo protector alrededor de Prabhupāda. Yo corría constantemente por delante y luego me giraba rápidamente para conseguir buenos ángulos. Prabhupāda tocaba los karatālas y cantaba, y cada vez que comenzaba a danzar, los devotos se volvían locos. A intervalos, se detenía, levantaba los brazos y se volvía para ver alm Señor Jagannātha. Su rostro no mostraba lo que normalmente describiríamos como éxtasis. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, y se le veía profundamente conmovido, casi triste, como si sintiera una intensa separación de Kṛṣṇa. Parecía ajeno a todo lo que le rodeaba: el kīrtana atronador, los devotos saltando, los policías gritando y los espectadores boquiabiertos. Prabhupāda estaba desapegado de todo ello, sereno, completamente absorto en el Señor Jagannātha. Pero simultáneamente sentía compasión por todas las personas presentes. En Bhaktivedanta Manor me propuse hacer un estudio fotográfico del rostro de Prabhupāda. Daba la clase matutina en lo que ahora es la sala de teatro. Esa parte del edificio da al norte, y la diminuta bombilla del techo proporcionaba una iluminación muy pobre. No había manera de usar un flash, porque anteriormente Prabhupāda había reprendido con severidad a Bhārgava por andar de puntillas delante de él, haciendo clics y destellos con la cámara, perturbando su conferencia. Así que adopté otra estrategia. Coloqué un trípode al fondo de la sala, cambié el objetivo normal por un zoom, puse una película supersensible y conecté un disparador remoto para exposiciones largas. De este modo intenté, durante los dos o tres días siguientes, captar las múltiples expresiones del rostro de Prabhupāda. Una mañana volví a mirar por el visor y, para mi sorpresa, noté que todo estaba más luminoso de lo habitual. Un vistazo rápido al techo confirmó que la iluminación era la misma; no se había añadido ninguna bombilla. Me pregunté: “¿Qué pasa? Misma película, misma luz…”. Miré a Prabhupāda y vi que estaba radiante, como si emanara de él una refulgencia dorada. Recordé un incidente similar que habían contado unos devotos de Nueva York. Dos policías se habían acercado a Prabhupāda y sus discípulos durante un paseo matutino. Al pasar junto al grupo, uno le dijo al otro: “Mira, ese hombre está brillando”. Ahora, en Bhaktivedanta Manor, experimentaba algo parecido. Creo que esa refulgencia, a veces representada como halo en viejas pinturas religiosas, es un fenómeno de personas santas, grandes almas, que aparecen como medios transparentes que en ocasiones manifiestan su chispa de energía espiritual y su amor divino».